miércoles, 29 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Sexto Canto:

Y llegamos al canto del eclipse, aquel que los poetas evitan cantar en las bodas porque su eco arrastra el frío de las tumbas. El héroe ya no caminaba, volaba sobre el vellocino de oro que el dragón le otorgara, pero ni siquiera la gran Nube Kinton podía ir más rápido que el presentimiento de la tragedia.


Sexto Canto: Las Ruinas de Mifan y el Trono de las Nubes:

Cuentan que cuando Olibu, el de los Ojos Violeta, divisó el horizonte de su hogar luego de un largo viaje, no vio el brillo del mármol, sino una columna de humo negro que hería el cielo. Al arribar, sus pies se hundieron en la ceniza de lo que fue la joya del mundo temprano. Mifan había caído. No por un ejército de hombres, sino por una furia surgida del abismo, el Kraken, una bestia de mil tentáculos y odio antiguo, que había reclamado la ciudad como su festín.

Entre los escombros encontró el silencio. Allí yacía con el arco roto entre las manos, Thyris, la de las Flechas Gemelas. El grito de Olibu no fue de hombre, sino de tierra que se quiebra. Desesperado, el de los Ojos Violeta voló hacia las fauces del mundo, allí donde el aire quema y los suspiros se vuelven piedra: las estancias del Hades.

Frente al calor del horno eterno, Olibu desafió a la sombra. No pidió oro ni poder, pidió tiempo. La fuerza que custodia el umbral, conmovida por la pureza de aquel que cargaba el fuego en sus venas, le permitió un último milagro. Dicen que por una breve hora, el velo entre los mundos se volvió transparente. Olibu pudo estrechar de nuevo la mano de Klyron y besar la frente de Thyris. No hubo palabras de reproche, solo la paz de los que han cumplido su deber.

"Ve, Olibu," dicen que susurró la sombra de su esposa. "Tu historia no termina en las cenizas, sino en las nubes."

Pero Olibu no buscaba solo consuelo, buscaba respuestas. Guiado por una voluntad que asustaba a los propios demonios, ordenó a la Nube Kinton ascender más allá de donde las águilas se atreven. Subió por la columna de piedra que la tribu de Kommanche custodiaba, hasta que el cielo se volvió púrpura y el aire, sagrado.

Allí, en un palacio que flotaba sobre el mundo, conoció a Zeus, el Dios de la Tierra, un anciano de ojos profundos como pozos de sabiduría.

"¿Por qué el cielo calla mientras la tierra grita?", preguntó Olibu, cuya estatura ahora igualaba la de las columnas del templo.

El debate duró siete días. Zeus le habló de la libertad de los hombres y de la responsabilidad de los dioses de no ser tiranos de la voluntad mortal. "Si yo detengo cada tormenta," dijo el Dios, "los hombres nunca aprenderán a construir techos. Tú, Olibu, eres la prueba de que el hombre puede superarse sin el permiso del cielo."

Impresionado por la pureza del titán, Zeus le ofreció el Trono del Palacio.

"Has visto el fin de todo lo que amabas," dijo Zeus, cuya voz era como el eco en una cueva profunda. "Este mundo ya es pequeño para tus hombros. Toma mi lugar. Sé el Dios que vigila desde la altura, y olvida el dolor de ser mortal."

Pero Olibu, mirando hacia abajo, hacia las cenizas de Mifan, negó con la cabeza. "Un Dios es una estatua que no puede llorar," respondió el héroe. "Prefiero ser un hombre que protege el suelo que pisa, aunque ese suelo sea mi tumba."

Rechazó la divinidad y descendió como un rayo de amatista. El Kraken, sintiendo el regreso del guerrero, emergió de las aguas de Mifan una vez más, una masa de carne pútrida rugiendo con el hambre de los siglos. No fue una batalla de gloria, fue un acto de deber. Olibu no usó armas; se lanzó al agua y luchó contra la bestia en su propio elemento. Sus manos, que habían sostenido el fuego del Hades, desgarraron los tentáculos que asfixiaban a Mifan.

No hubo odio en sus ojos violeta, solo la triste determinación del protector. Cuando el Kraken se hundió para siempre en el olvido, Olibu salió del mar cargando el peso de un mundo que ya no era el mismo. La Mifan en la que había vivido estaba muerta, pero el suelo sobre el que caminaba volvía a ser seguro para los que vendrían después.

El héroe se sentó entre las ruinas, esperando que el tiempo hiciera su trabajo, y él estaría ahí, firme.


viernes, 24 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Quinto Canto:

Echen más ramas al fuego, pues entramos en el canto de las despedidas, donde el bronce se rinde ante el puño y la amistad se convierte en constelación. Dicen que tras su transformación, Olibu, el de los Ojos Violeta, dejó su lanza y su escudo en el templo de Mifan. "Si la tierra me ha dado la fuerza de los montes", cuentan que dijo, "serán mis manos las que hablen por la justicia".


Quinto Canto: El Vuelo del Dragón y la Herencia de las Nubes:

En las tierras altas, donde el aire muerde como un lobo, habitaba una sociedad de hombres con rostros de bestia: hombres-perro, hombres-zorro y hombres-jabalí que habían olvidado la ley de la hospitalidad. Estos seres habían encadenado a una criatura de tiempos remotos: un dragón de escamas color púrpura y ojos tan sabios como el primer amanecer. No era el pequeño compañero que los siglos futuros verían, sino una bestia vasta, un soberano de las corrientes térmicas que languidecía bajo redes de hierro.

Olibu, el coloso de dos metros, partió al rescate. A su lado, como siempre, caminaba Klyron, el de la Nariz Quebrada, cuya lealtad era el único peso que Olibu no podía cargar solo. Thyris, la arquera de mirada fría, cubría sus espaldas desde las crestas.

La batalla no fue un choque de falanges, sino una danza de destrucción. Olibu se lanzó al centro del campamento híbrido. Sus puños golpeaban con la frecuencia del rayo; cada impacto resonaba como un mazo contra un yunque, derribando a los opresores sin necesidad de filo. Klyron, armado aún con su viejo hoplon y su lanza de bronce, protegía los flancos del titán con el valor de quien sabe que camina junto a un dios.

Pero el destino es un tejedor cruel. En el momento en que Olibu desgarraba las cadenas de hierro del dragón con sus manos desnudas, un jefe de los hombres-bestia lanzó una jabalina negra desde las sombras. El acero buscaba la espalda del héroe, pero encontró el pecho de su hermano. Klyron cayó, y con él, el último rastro de la juventud de Olibu.

Dicen que el rugido de Olibu fue tan vasto que el dragón inclinó la cabeza en señal de duelo. El dragón, libre al fin, batió sus alas y ascendió hasta rozar la bóveda celeste. Al bajar, traía tras de sí una formación colosal: la Gran Nube Kinton, una montaña de vapor dorado, tan grande que podía cubrir una ciudad entera. Era la madre de todas las nubes, la reserva de la pureza del mundo.

"Solo el que no guarda sombra en su alma podrá sostenerse sobre este fragmento de sol," pareció cantar el viento.

Olibu, con el cuerpo de Klyron en sus brazos, ascendió a la nubes. Sus pies no se hundieron; el oro gaseoso lo sostuvo como si fuera el mármol de su hogar. Una vez, en la cima del mundo, Olibu tomó una decisión, dejaría a su hermano allí, para que se fundiera con el firmamento, dando origen a la constelación de Klyron.

El de los Ojos Violeta dejó la Gran Nube anclada en lo más alto de la atmósfera, para que en los siglos venideros, los guardianes de la Torre de Kommanche pudieran extraer de ella pequeños jirones de esperanza para los héroes del mañana.

El héroe, y la arquera Thyris regresaron a pie a Mifan, dejando al dragón como guardián del cielo, pero con un vacío en el alma que ninguna victoria podría llenar. Klyron ya no estaba para ver cómo su amigo se convertía en el pilar del mundo.


martes, 21 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Cuarto Canto:

Traigan esas botellas de vino y sírvanse, pues la memoria de los hombres es como el humo, y solo el canto de los poetas puede evitar que la verdad se disuelva en el aire. Dicen que hubo un tiempo en que la tierra se volvió estéril, no por falta de lluvia, sino porque un hambre desconocida nació de sus entrañas.


Cuarto Canto: El Descenso al Abismo y el Renacer del Héroe:

En los días en que Mifan era joven, surgió en la Tierra Sagrada un brote de sombra. No era mayor que un árbol joven, pero sus raíces vibraban con un latido oscuro que secaba los ríos y volvía amargo el pan. La tribu de Kommanche, hombres de piel cobriza que hablaban con el viento, custodiaba el lugar, pero sus lanzas no herían la madera negra.

Olibu, seguido por sus hermanos de armas, Klyron, Gyumóteles y las gemelas Thyris y Lyris, comprendió que el mal no pertenecía a este mundo. Para salvar el trigo de Mifan, debían descender allí donde el sol no tiene dominio: las estancias del Hades.

El descenso fue un calvario de sombras. Cruzaron los umbrales donde las almas aguardan el juicio, un desierto de ceniza donde el silencio pesa más que el plomo. Allí, en el corazón del inframundo, encontraron el fuego que no se apaga, una llama primordial que custodia el equilibrio entre los vivos y los muertos. Dicen que Olibu tuvo que sostener el fuego con sus propias manos, sintiendo cómo el calor del inicio de los tiempos le lamía el alma, mientras las sombras intentaban arrastrarlo al olvido.

Al regresar a la superficie, el mundo era una pira. Olibu, Klyron y Thyris arrojaron el fuego del Hades sobre el brote oscuro. La madera negra gritó con voz humana mientras se consumía, y de sus cenizas, en un milagro de contradicción, brotaron pequeñas semillas verdes, perlas de vida que contenían la fuerza de mil banquetes y saciaban el hambre de uno durante días.

Pero el destino de Olibu aguardaba en un fruto que nació de la última rama del brote antes de morir. Era un fruto que goteaba una esencia transparente como manantial, el Agua de la Transfiguración. Olibu bebió, y el tiempo se detuvo.

Tres días y tres noches duró su agonía bajo la mirada de Kommanche. Sus huesos se alargaron con el sonido de las ramas que se quiebran en la tormenta; su piel se tensó sobre una musculatura que ya no cabía en su túnica; su estatura creció hasta superar la de dos hombres. Cuando despertó, ya no era el joven de Mifan. Era un coloso de más de dos metros, un titán de carne y espíritu que brevemente tiñó de verde sus ojos violeta. Tenía en sus venas la fuerza de la tierra y la energía del rayo.

Viendo que el peligro había pasado, pero que la frontera de Mifan debía ser protegida, Gyumóteles, el gigante de corazón tierno, y la arquera Lyris decidieron no regresar. En las faldas del monte que aún humeaba por el fuego sagrado, plantaron sus hogares, fundando el pueblo que protegería por siempre el camino a la montaña de fuego.

En el lugar donde Olibu renació, la tribu de Kommanche comenzó a apilar piedra sobre piedra, iniciando una construcción que buscaba alcanzar las nubes, una torre para que los hombres nunca olvidaran el día en que un mortal bajó al Hades y regresó convertido en leyenda.


viernes, 10 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Tercer Canto:

 Abran bien los ojos, porque lo que la historia amansa, el mito lo devuelve a su estado salvaje. Tras la paz de los Juegos, Mifan prosperó, pero la naturaleza tiene sus propios dioses y sus propios demonios. Más allá de los campos de trigo, en los bosques donde la luz del sol se rinde ante la sombra, habitaba una aberración que los antiguos llamaban InoShikaCho.

No piensen en una bestia común. Cuentan los que sobrevivieron a su rastro que era una quimera de pesadilla: el cuerpo masivo y los colmillos de un jabalí, las astas ramificadas de un ciervo sagrado y las alas de una mariposa que, lejos de ser bellas, vibraban con un zumbido que helaba la sangre. Era el hambre de la tierra hecha carne.


Tercer Canto: El Acecho de la Quimera y el Triunfo del Ingenio:

La leyenda dice que el InoShikaCho bajó de las montañas del norte, arrasando los viñedos y convirtiendo el sueño de los pastores en un grito eterno. Las lanzas de los soldados se quebraban contra su piel, dura como la corteza de un cedro milenario. Fue entonces cuando Olibu, el de los Ojos Violeta, decidió que Mifan no vería morir a sus hijos mientras él tuviera aliento.

Pero Olibu, aunque ya era fuerte, sabía que no se puede vencer a la naturaleza solo con músculos. Acompañado por el fiel Klyron, el de Nariz Quebrada, se internó en la espesura.

"Esta bestia no busca pelea, busca devorar el orden del mundo," dicen que advirtió Klyron mientras afilaba su lanza bajo la luna de plata.

Olibu, con su toga blanca manchada por el barro del bosque y sus ojos violetas brillando en la penumbra, preparó la primera Trampa de los Siete Fosos. Cavaron túneles profundos, cubiertos con ramas y hojas, esperando que el peso del jabalí lo traicionara. Pero el InoShikaCho no era una bestia estúpida. Cuentan que la criatura saltó sobre los fosos con una gracia sobrenatural, batiendo sus alas de mariposa para flotar sobre el engaño, mientras soltaba un gruñido que sonaba como el crujir de una montaña.

La segunda trampa fue la Red de Bronce, tejida con las cadenas de la guerra anterior. Olibu esperó en un desfiladero, provocando a la bestia con su presencia. El InoShikaCho cargó con la furia de un alud. Cuando la red cayó sobre él, el bosque entero pareció temblar, pero la fuerza del monstruo era tal que las cadenas de bronce estallaron como hilos de seda.

Fue entonces cuando Olibu comprendió la lección: a una fuerza de la naturaleza no se la aprisiona, se la enfrenta cara a cara.

En el claro del Bosque de los Lamentos, el héroe y la quimera se encontraron. Olibu dejó caer su escudo. No usó trampas, sino el ritmo que aprendió en la maratón de Mifan. Mientras la bestia cargaba, Olibu danzaba; mientras los colmillos buscaban su pecho, él se volvía aire.

Finalmente, cuando el InoShikaCho flaqueó por un instante, agotado por su propia furia, Olibu saltó sobre su lomo. No para matarlo por odio, sino para someter la salvajez al orden de los hombres. Con un solo golpe preciso en la base de las astas, Olibu rindió a la bestia. Algunos dicen que la mató allí mismo para alimentar a los hambrientos; otros aseguran que el animal, al sentir la pureza del joven de ojos violeta, simplemente cerró los ojos y se entregó al destino.

Olibu regresó a Mifan cargando la colosal cabeza de la quimera sobre sus hombros, demostrando que el héroe no es solo aquel que vence en la guerra o en el juego, sino aquel que protege la frontera entre la civilización y el caos.


miércoles, 8 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Segundo Canto:

 Echamos más leña al fuego, pues la memoria es un río que arrastra el oro pero también el lodo, y lo que hoy les cuento sobre los Juegos de la Concordia puede que difiera de lo que escucharon en las tabernas del sur. Algunos dicen que el sol se detuvo para mirar; otros, que los dioses mismos apostaron sus túnicas aquel día en que Mifan, la Ciudad de las Mil Puertas, se convirtió en el centro del mundo.


Segundo Canto: El Sudor de la Concordia y el Paso de Demeon:

Cuentan que, tras la caída de Dorymedon, Mifan no celebró con banquetes de vino, sino con el sonido de los picos labrando el mármol. De las cenizas de la guerra surgió el Anfiteatro de la Concordia, y para sellar la paz con las Poleis que una vez marcharon contra ella, se convocaron los Juegos de la Concordia. Fue allí donde la rivalidad dejó de ser una herida para convertirse en un pulso.

Las manos que antes empuñaban lanzas ahora acariciaban la piedra, y el sudor que caía sobre la tierra ya no llevaba el amargor de la muerte, sino la promesa de la construcción. El mármol, extraído de las entrañas de los montes vecinos, se alzaba en gradas circulares como un abrazo de roca destinado a unir lo que el acero había separado.

Mifan, la ciudad de los mil suspiros, era el personaje principal de aquel evento: sus columnas blancas brillaban con un aceite nuevo y sus ciudadanos vestían galas que ya no ocultaban puñales. En el centro de la arena, despojado de su armadura de bronce y vistiendo solo una toga blanca, se encontraba Olibu, el de los Ojos Violeta. Sus músculos, aún en formación, eran como cuerdas de cítara: tensas, vibrantes, listas para la música del esfuerzo.

La multitud contenía el aliento, viendo en aquel joven no al guerrero que manchó su lanza, sino al símbolo de una estirpe que se negaba a marchitarse. El sol de la mañana se reflejaba en su piel clara, y en sus ojos, del color de las uvas al atardecer, no había rastro de odio, sino la serenidad de quien conoce su propio centro.

Frente a él, bajo la sombra de los pórticos, apareció Demeon, el de la Toga de Sangre. No era un extraño, sino un sobreviviente de las falanges enemigas, un hombre cuya Polis aún guardaba el rencor de la derrota. Era más alto que nuestro héroe, un muro de carne bronceada con el cabello negro cortado al ras y una barba corta que enmarcaba una mandíbula de hierro. Una cicatriz le cruzaba la ceja, marca de una lanza que, según las malas lenguas, estuvo a punto de quitarle la vista en la guerra anterior.

"Mifan se ve hermosa bajo el sol de la paz," dicen que rugió Demeon ante la multitud, "pero veamos si su campeón sabe correr tan rápido como sabe esconderse tras un escudo."

Un murmullo recorrió las gradas, como el oleaje que golpea los acantilados de la costa. Las palabras de Demeon eran como ascuas sobre paja seca, recordando a todos que la paz es un tejido frágil que se rompe con un solo tirón de soberbia. Olibu no respondió con palabras, sino con un leve asentimiento, aceptando el desafío que flotaba en el aire cargado de incienso.

Primero vino el Lanzamiento del Discóbolo. El disco de piedra de Demeon, el de la Toga de Sangre, surcó el cielo como un halcón hambriento, aterrizando con un golpe sordo que hizo saltar la arena. Pero Olibu, el de los Ojos Violeta, giró sobre sí mismo con la fluidez del río que bordea la ciudad. Su disco no voló, sino que pareció cabalgar el aliento mismo de Mifan, cayendo un suspiro más allá de la marca del extranjero.

Luego llegó el Maratón a Pie, la prueba que recorría las cicatrices de la tierra.

No fue una carrera, fue una purificación bajo el sol de mediodía. Salieron por la Puerta de los Caídos, recorrieron los campos donde antes hubo hogueras y regresaron por la Vía de los Héroes. Demeon corría con la fuerza de un toro furioso, sus zancadas golpeando el suelo con una arrogancia que desafiaba a la fatiga, como si quisiera conquistar con sus pies lo que no pudo con su espada. Olibu, en cambio, corría con la ligereza del que no lucha contra el camino, sino que lo reconoce como propio.

El polvo de la ruta envolvía sus cuerpos como una mortaja de oro. Pasaron por los lugares donde el bronce de Mifan había decidido el destino de los hombres, y cada paso era un homenaje a los que ya no podían correr. El calor se volvió un enemigo invisible que pesaba sobre los hombros, y el aire quemaba en los pulmones como si bebieran fuego líquido de los altares.

Cuentan los abuelos que, al llegar al último tramo, el calor era tan denso que el horizonte temblaba. Demeon flaqueó; el sudor le escocía en la vieja cicatriz de la ceja. Fue entonces cuando Olibu, cuyo aliento era rítmico como el pulso de los templos, se puso a su par. No hubo burlas, solo un intercambio de miradas: el reconocimiento de dos hombres que habían visto la muerte y ahora elegían la vida.

En ese instante de silencio compartido entre el jadeo y el esfuerzo, el tiempo pareció detenerse. Ya no había ganadores ni vencidos, solo dos hijos de la tierra midiendo la grandeza de su espíritu. La sombra del rencor se disipó bajo la luz implacable del cenit, dejando paso a una hermandad que solo conocen los que han llegado al límite de sus fuerzas.

Olibu cruzó la meta primero por un margen tan estrecho que algunos dicen que fue el viento de Mifan quien lo empujó. Demeon, agotado pero con la frente en alto, aceptó la corona de olivo. Aquel día, la rivalidad de la guerra se transformó en el respeto de la arena. Mifan no solo ganó un campeón; ganó un mañana.


viernes, 3 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Primer Canto:

Acerquen sus sillas al fuego, pues la memoria de los hombres es corta y solo el canto puede preservar lo que el tiempo intenta borrar. Antes de que las ciudades fueran de metal y los cielos se llenaran de máquinas, existió el Imperio Mifan, una tierra de mármol y trigo custodiada por gente que caminaban como dioses.

Esta es la primera de las siete verdades de Olibu, el de los Ojos Violeta, aquel que aún no era una montaña de músculos, sino un joven cuya lanza pesaba menos que su sentido del deber.


Primer Canto: El Bronce de Mifan y la Caída de Dorymedon:

En aquel tiempo, el horizonte de Mifan se tiñó del polvo que levantaban las sandalias de diez mil hombres y mujeres. El General Dorymedon, un hombre que parecía tallado en un roble nudoso y cuya barba escondía cicatrices de cuarenta inviernos, avanzaba con su armadura dorada reclamando la tierra para el olvido. Su paso era lento, pues no tenía cuello que girar, solo una voluntad ciega y un mandoble que partía escudos como si fueran de papiro.

Traía consigo el peso de los imperios caídos y el olor del metal sobrecalentado. Su ejército, una serpiente de hierro que serpenteaba los valles, no buscaba justicia, sino el silencio de los que se atreven a existir. Dorymedon no miraba a los lados, pues para el depredador el mundo es solo una línea recta hacia su presa.

Frente a él, en el desfiladero de los Olivos, se alzaba la resistencia. Allí estaba Olibu, el de los Ojos Violeta, con su cabello rubio ondeando como el trigo antes de la siega y sus extraños ojos fijos en el acero enemigo. A su lado, Klyron, el de la Nariz Quebrada, su hermano de sangre y armas, sostenía el hoplon con la firmeza del que sabe que su vida depende del hombro de su amigo.

Más atrás, como sombras blancas entre la maleza, se encontraban las hermanas Thyris y Lyris, las de las Flechas Gemelas, cuyos ojos azules veían el vuelo de un mosquito a cien pasos. Y sobre todos ellos, silueteado contra el sol, se erguía Gyumóteles, la Colina que Camina. Sus músculos, demasiado vastos para el bronce, estaban envueltos en cuero, y su hacha de doble filo brillaba con la inocencia de quien no conoce su propia fuerza.

Eran pocos, una mota de polvo frente a la tormenta de oro que se avecinaba. Pero en el desfiladero, el viento parecía susurrar sus nombres, y las raíces de los olivos se aferraban a sus pies como dándoles la fuerza de la tierra misma. El aire se volvió pesado, eléctrico, justo antes de que el primer grito rompiera la quietud del mediodía.

"No miren al sol," dicen que dijo Olibu a sus compañeros, "miren el brillo de nuestro propio valor, pues hoy el bronce de Mifan escribirá su nombre en la tierra."

La batalla no fue un cruce de aceros, fue un poema de sangre. El General Dorymedon avanzó como una marea, su espada mandoble segando lanzas. Pero Olibu no retrocedió. Mientras Klyron cubría su flanco izquierdo y las gemelas sembraban de astiles emplumados la vanguardia enemiga, Gyumóteles rugió con una voz que hizo temblar las hojas de los olivos, abriendo una brecha en las filas doradas con un solo barrido de su hacha monumental.

Los gritos se mezclaban con el crujir de los huesos y el tañido del metal. Las flechas de las gemelas eran como hilos de plata que cosían el destino de los invasores, y cada golpe de Gyumóteles resonaba como un trueno en una tarde despejada. En el centro del caos, Olibu se movía con una gracia que desafiaba la carnicería, esperando el momento que el destino le había reservado.

Fue entonces cuando Olibu y Dorymedon se encontraron. El general rió, una risa seca como madera vieja, al ver al joven de melena rubia. El mandoble descendió con el peso de una montaña, pero Olibu, el de los Ojos Violeta, giró sobre su eje, dejando que el acero besara solo el aire.

Con un movimiento que los poetas luego llamarían divino, Olibu hundió su lanza de bronce en la juntura de la armadura dorada. Dorymedon cayó, y con él, el ánimo de su ejército. No hubo celebración inmediata, solo el silencio de los campos de Mifan y el sonido de la respiración agitada de cinco amigos que, sin saberlo, acababan de fundar una era.

El gigante de oro quedó tendido, su armadura ahora una cárcel de metal inerte. Los diez mil, al ver a su ídolo derribado por un muchacho de mirada púrpura, retrocedieron como las aguas de una inundación que encuentra su fin. El polvo comenzó a asentarse, revelando la carnicería, pero también la luz de un nuevo amanecer que nacía del agotamiento de los héroes.

Así fue como Olibu se consolidó como héroe: no por el deseo de matar, sino por la fuerza de proteger lo que amaba bajo el cielo de Mifan.


Orgullo de Mifan - Expediente Post Mortem #11081993-196-Z:

  Expediente Post Mortem #11081993-196-Z Departamento de Clasificación de Almas – Oficina del Juez Enma Sama. I. DATOS DEL SUJETO Nombre: O...