Bitácora Roja. Parte XXIX - El nacimiento de un ejército:
“Te seguiré, pase lo que pase.”
El sol se alza sobre la hacienda, iluminando las cicatrices de la batalla reciente. El patio está en silencio, salvo por los murmullos apagados de los esclavos y el sonido distante del fuego que todavía consume algunas partes de la casa principal. Red se encuentra en lo alto de las escaleras que conducen al porche, con un vendaje improvisado cubriendo su ojo derecho y sangre seca en su rostro.
Kuro está junto a él, cansado, con la ropa rasgada y su mirada perdida. A sus pies, el cuerpo de Vermilion todavía yace sin vida, una mancha oscura que parece absorber la luz del día.
Red alza la voz, fuerte y clara.
-“Escúchenme, todos ustedes.”- exclama dirigiéndose a su público.
Los esclavos que sobreviven detienen lo que están haciendo y levantan la vista hacia él.
-“Mi padre está muerto, y con él, la tiranía que gobernó este lugar.”- dice con tono firme. -”Ustedes ya no son esclavos. Son libres.”-
Un silencio incómodo se extiende entre ellos. Algunos parecen emocionados, otros recelosos.
-“Pero la libertad tiene un precio.”- continúa Red, con los brazos cruzados detrás de la espalda. -“No basta con deshacerse de un hombre. Tenemos que deshacernos de todo lo que él representaba. Esto es solo el comienzo.”-
Kuro lo observa con una mezcla de admiración y preocupación. Sabe que Red no está hablando desde el corazón; está planeando algo mucho más grande.
En los días siguientes, Red toma el control total de la hacienda. Organiza a los esclavos sobrevivientes en grupos, asignándoles tareas para reconstruir el lugar y establecer defensas. También envía mensajeros a otras haciendas cercanas, buscando aliados entre los esclavos que todavía están bajo opresión.
Kuro, aunque cansado y aún en duelo por la pérdida de su familia, lo sigue de cerca. Es su mano derecha, el único en quien Red confía plenamente.
Una noche, mientras ambos se sientan alrededor de una fogata improvisada, Kuro rompe el silencio.
-“¿Por qué haces esto, Red?”- le pregunta con tono fraternal.
Red lo mira, con su único ojo visible brillando bajo la luz del fuego.
-“Porque puedo.”- responde sin titubear. -“Mi padre me enseñó algo importante, aunque no quisiera: el poder no se hereda, se toma. Y ahora el poder es mío.”- dice tajante.
Kuro baja la mirada, inseguro de cómo responder. Aunque las palabras de Red no son inspiradoras, hay algo en su tono que le hace creer que está destinado a algo grande.
Pasan las semanas, y la hacienda se transforma en una fortaleza improvisada. Red entrena a los antiguos esclavos en combate, enseñándoles tácticas básicas y cómo usar armas rudimentarias. Algunos comienzan a referirse a él como “Comandante Red”, un título que él acepta con orgullo.
Sin embargo, no todos están de acuerdo con su liderazgo. Bungo, el esclavo corpulento que lideró la primera carga contra los guardias de Vermilion, se enfrenta a él una tarde en el patio.
-“Esto no es libertad.”- le dice Bungo, con los brazos cruzados. -“Nos estás usando como tu ejército personal. ¿En qué te diferencias de tu padre?”-
-“La diferencia, Bungo, es que yo sé lo que estoy haciendo.”- sonríe con frialdad. -”Mi padre gobernaba con miedo. Yo ofrezco algo mejor: propósito.”-
-“¿Y qué propósito es ese?”- le increpa Bungo.
-“Conquistar.”- responde Red, sin dudar. -“No solo esta hacienda, no solo este pueblo. Todo.”-
Bungo lo observa con una mezcla de enojo y asombro. Finalmente, suspira y se aleja, aunque su desconfianza persiste.
Una noche, mientras revisan los registros antiguos de la familia Vermilion en el despacho del difunto patriarca, Kuro encuentra un pergamino desgastado. Lo desenrolla y lo estudia, sus ojos ensanchándose mientras lee.
-“¿Qué es esto?”- pregunta Red, notando su reacción.
Kuro le entrega el pergamino.
-“Es una leyenda… una historia que mi familia solía contar cuando éramos niños.”- responde con su voz cargada de nostalgia.
Red lee en silencio. Habla de unas esferas mágicas, dispersas por el mundo, que tienen el poder de conceder cualquier deseo a quien las reúna.
-“Esto es ridículo.”- dice Red, aunque hay un destello de interés en su voz.
-“Mi abuela decía que eran reales.” insiste Kuro. “Un hombre con ese poder podría cambiar el mundo.”-
-“Tal vez valga la pena investigarlo.”- dobla el pergamino y lo guarda en su chaqueta.
-“¿Qué desearías si fueran reales?”- pregunta Kuro, con curiosidad genuina.
Red sonríe para sí mismo, pero no responde. Su mente ya está decidida: “Ser más alto. Lo suficiente como para que nadie me vuelva a mirar hacia abajo.”
Kuro, sin saberlo, interpreta su silencio de otra manera. Cree que Red busca justicia, que desea usar ese poder para cambiar el mundo y liberar a todos los oprimidos.
-“Te seguiré.”- dice Kuro finalmente. -“Hasta el final.”-
Red lo mira con una sonrisa oscura.
Con el tiempo, la hacienda Vermilion se convierte en la base del naciente Ejército de la Red Ribbon, un movimiento que Red lidera con mano de hierro y carisma innegable. Los esclavos que lo siguen lo hacen por diferentes razones: algunos por gratitud, otros por miedo, y unos pocos, como Kuro, por lealtad genuina. Con el tiempo, y con la fortuna obtenida, los soldados comienzan a vestir uniformes y pasan a ser de todas las etnias.
Mientras se preparan para su primera expedición en busca de las esferas mágicas, Red observa su ejército desde una colina cercana, con Kuro a su lado.
-“Este es solo el comienzo.”- dice, más para sí mismo que para su amigo. -“Pronto, todo el mundo sabrá mi nombre.”-
Kuro asiente, con una sonrisa ligera. En su corazón, todavía cree que están luchando por algo más grande.
En silencio, Red aprieta el pergamino en su mano, imaginando el día en que pueda finalmente obtener su deseo. “Seré más grande que mi padre en todos los sentidos”, piensa.
El Ejército de la Red Ribbon marcha hacia su destino, con dos líderes que tienen sueños radicalmente diferentes, pero que están unidos por un vínculo complejo e inquebrantable.
El tiempo avanza, y el Ejército de la Red Ribbon deja su marca en el mundo. La hacienda de los Vermilion es ahora una fortaleza moderna, con laboratorios, campos de entrenamiento y arsenales. Red se pasea por los pasillos, con un aura de autoridad que nadie cuestiona. Su ojo perdido ha sido reemplazado por un parche elegante, y su figura, aunque todavía baja, parece más imponente gracias a su porte y actitud.
Kuro lo sigue de cerca, como siempre, ahora vestido con un frac negro que refleja su nuevo estatus como mano derecha del Comandante. Aunque el ejército es cada vez más temido y poderoso, el antiguo esclavo no puede evitar sentirse inquieto. Las promesas de libertad y justicia que una vez creyó que Red cumpliría parecen haberse desvanecido en el aire.
Una noche, Red está solo en su despacho, mirando un mapa extendido sobre su escritorio. El pergamino que habla de las esferas mágicas está cuidadosamente doblado junto a él, sus bordes gastados de tanto ser manipulado. Su mirada se fija en las anotaciones y posibles ubicaciones marcadas con tinta roja.
-“Tan cerca…”- murmura, apretando los puños. -“Solo necesito encontrarlas. Todo será perfecto.”-
Un golpe suave en la puerta lo saca de sus pensamientos.
-“Adelante.”- dice con frialdad.
Su mano derecha entra, su expresión mezcla de cansancio y determinación.
-“Los hombres están listos para partir. La información del último pueblo parece sólida.”- dice con tono solemne.
Red asiente, su voz cargada de ambición.
-“Es hora. Este será el primer paso hacia un futuro en el que el mundo se incline ante mí.”- dice con seguridad. -”Gracias, Oficial Black.”-
Black lo observa en silencio. Quiere decir algo, confrontarlo por su falta de empatía, por cómo ha usado a los esclavos para su propia agenda. Pero no lo hace. Una parte de él todavía quiere creer en su amigo, en el chico con quien compartió risas en los campos y que alguna vez fue diferente.
-“¿Qué harás con las esferas, Red?”- pregunta finalmente, intentando no sonar desafiante.
Red se gira hacia él, su sonrisa fría pero calculada.
-“Todo lo necesario para asegurar mi dominio.”- le responde.
-“Te seguiré, pase lo que pase.”- Black asiente, aunque sus dudas crecen.
Red enciende un puro y mira a su subordinado, con una mirada que podría casi pasar por afecto.
-“Lo sé, Black. Tú eres el único en quien confío.”- le da una calada a su puro. -”Juntos, seremos imparables.”-
El ejército marcha al amanecer, un río interminable de soldados uniformados que se extiende por el horizonte. Los estandartes rojos ondean al viento, un símbolo que comienza a ser temido en cada rincón del mundo.