Traigan esas botellas de vino y sírvanse, pues la memoria de los hombres es como el humo, y solo el canto de los poetas puede evitar que la verdad se disuelva en el aire. Dicen que hubo un tiempo en que la tierra se volvió estéril, no por falta de lluvia, sino porque un hambre desconocida nació de sus entrañas.
Cuarto Canto: El Descenso al Abismo y el Renacer del Héroe:
En los días en que Mifan era joven, surgió en la Tierra Sagrada un brote de sombra. No era mayor que un árbol joven, pero sus raíces vibraban con un latido oscuro que secaba los ríos y volvía amargo el pan. La tribu de Kommanche, hombres de piel cobriza que hablaban con el viento, custodiaba el lugar, pero sus lanzas no herían la madera negra.
Olibu, seguido por sus hermanos de armas, Klyron, Gyumóteles y las gemelas Thyris y Lyris, comprendió que el mal no pertenecía a este mundo. Para salvar el trigo de Mifan, debían descender allí donde el sol no tiene dominio: las estancias del Hades.
El descenso fue un calvario de sombras. Cruzaron los umbrales donde las almas aguardan el juicio, un desierto de ceniza donde el silencio pesa más que el plomo. Allí, en el corazón del inframundo, encontraron el fuego que no se apaga, una llama primordial que custodia el equilibrio entre los vivos y los muertos. Dicen que Olibu tuvo que sostener el fuego con sus propias manos, sintiendo cómo el calor del inicio de los tiempos le lamía el alma, mientras las sombras intentaban arrastrarlo al olvido.
Al regresar a la superficie, el mundo era una pira. Olibu, Klyron y Thyris arrojaron el fuego del Hades sobre el brote oscuro. La madera negra gritó con voz humana mientras se consumía, y de sus cenizas, en un milagro de contradicción, brotaron pequeñas semillas verdes, perlas de vida que contenían la fuerza de mil banquetes y saciaban el hambre de uno durante días.
Pero el destino de Olibu aguardaba en un fruto que nació de la última rama del brote antes de morir. Era un fruto que goteaba una esencia transparente como manantial, el Agua de la Transfiguración. Olibu bebió, y el tiempo se detuvo.
Tres días y tres noches duró su agonía bajo la mirada de Kommanche. Sus huesos se alargaron con el sonido de las ramas que se quiebran en la tormenta; su piel se tensó sobre una musculatura que ya no cabía en su túnica; su estatura creció hasta superar la de dos hombres. Cuando despertó, ya no era el joven de Mifan. Era un coloso de más de dos metros, un titán de carne y espíritu que brevemente tiñó de verde sus ojos violeta. Tenía en sus venas la fuerza de la tierra y la energía del rayo.
Viendo que el peligro había pasado, pero que la frontera de Mifan debía ser protegida, Gyumóteles, el gigante de corazón tierno, y la arquera Lyris decidieron no regresar. En las faldas del monte que aún humeaba por el fuego sagrado, plantaron sus hogares, fundando el pueblo que protegería por siempre el camino a la montaña de fuego.
En el lugar donde Olibu renació, la tribu de Kommanche comenzó a apilar piedra sobre piedra, iniciando una construcción que buscaba alcanzar las nubes, una torre para que los hombres nunca olvidaran el día en que un mortal bajó al Hades y regresó convertido en leyenda.
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