viernes, 24 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Quinto Canto:

Echen más ramas al fuego, pues entramos en el canto de las despedidas, donde el bronce se rinde ante el puño y la amistad se convierte en constelación. Dicen que tras su transformación, Olibu, el de los Ojos Violeta, dejó su lanza y su escudo en el templo de Mifan. "Si la tierra me ha dado la fuerza de los montes", cuentan que dijo, "serán mis manos las que hablen por la justicia".


Quinto Canto: El Vuelo del Dragón y la Herencia de las Nubes:

En las tierras altas, donde el aire muerde como un lobo, habitaba una sociedad de hombres con rostros de bestia: hombres-perro, hombres-zorro y hombres-jabalí que habían olvidado la ley de la hospitalidad. Estos seres habían encadenado a una criatura de tiempos remotos: un dragón de escamas color púrpura y ojos tan sabios como el primer amanecer. No era el pequeño compañero que los siglos futuros verían, sino una bestia vasta, un soberano de las corrientes térmicas que languidecía bajo redes de hierro.

Olibu, el coloso de dos metros, partió al rescate. A su lado, como siempre, caminaba Klyron, el de la Nariz Quebrada, cuya lealtad era el único peso que Olibu no podía cargar solo. Thyris, la arquera de mirada fría, cubría sus espaldas desde las crestas.

La batalla no fue un choque de falanges, sino una danza de destrucción. Olibu se lanzó al centro del campamento híbrido. Sus puños golpeaban con la frecuencia del rayo; cada impacto resonaba como un mazo contra un yunque, derribando a los opresores sin necesidad de filo. Klyron, armado aún con su viejo hoplon y su lanza de bronce, protegía los flancos del titán con el valor de quien sabe que camina junto a un dios.

Pero el destino es un tejedor cruel. En el momento en que Olibu desgarraba las cadenas de hierro del dragón con sus manos desnudas, un jefe de los hombres-bestia lanzó una jabalina negra desde las sombras. El acero buscaba la espalda del héroe, pero encontró el pecho de su hermano. Klyron cayó, y con él, el último rastro de la juventud de Olibu.

Dicen que el rugido de Olibu fue tan vasto que el dragón inclinó la cabeza en señal de duelo. El dragón, libre al fin, batió sus alas y ascendió hasta rozar la bóveda celeste. Al bajar, traía tras de sí una formación colosal: la Gran Nube Kinton, una montaña de vapor dorado, tan grande que podía cubrir una ciudad entera. Era la madre de todas las nubes, la reserva de la pureza del mundo.

"Solo el que no guarda sombra en su alma podrá sostenerse sobre este fragmento de sol," pareció cantar el viento.

Olibu, con el cuerpo de Klyron en sus brazos, ascendió a la nubes. Sus pies no se hundieron; el oro gaseoso lo sostuvo como si fuera el mármol de su hogar. Una vez, en la cima del mundo, Olibu tomó una decisión, dejaría a su hermano allí, para que se fundiera con el firmamento, dando origen a la constelación de Klyron.

El de los Ojos Violeta dejó la Gran Nube anclada en lo más alto de la atmósfera, para que en los siglos venideros, los guardianes de la Torre de Kommanche pudieran extraer de ella pequeños jirones de esperanza para los héroes del mañana.

El héroe, y la arquera Thyris regresaron a pie a Mifan, dejando al dragón como guardián del cielo, pero con un vacío en el alma que ninguna victoria podría llenar. Klyron ya no estaba para ver cómo su amigo se convertía en el pilar del mundo.


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