viernes, 29 de agosto de 2025

Bitácora Roja. Parte VIII - El chamán, la bestia y el soldado:

 

Bitácora Roja. Parte VIII - El chamán, la bestia y el soldado:


“¿Sentimental?”

La noche es oscura y el viento sopla con fuerza en Villa Jingle, una pequeña villa rodeada de nieve y montañas. Un destello rojo ilumina el cielo, rasgando las nubes y brillando intensamente mientras cruza como una antorcha ardiente sobre el helado paisaje. El destello impacta en un valle cercano, y el sonido del choque hace eco en todo el lugar, como si una tormenta de relámpagos hubiera caído de golpe.

Dos cazadores, que estaban recorriendo la zona en busca de presas, se quedan paralizados por el espectáculo.

-”¿Viste eso?”- pregunta el primero, con su voz temblorosa, apenas un murmullo en el silencio de la nieve.

-”Lo vi… pero no estoy seguro de querer acercarme”- responde con una mezcla de curiosidad y temor reflejada en sus ojos.

-”Quizás fue solo un meteorito. Podría haber piedras preciosas o… algo de mayor valor ahí”- sugiere, intentando sonar valiente, pero sin poder ocultar el miedo en su tono.

Ambos avanzan lentamente hacia el lugar del impacto, sus pasos crujen en la nieve hasta llegar a una grieta humeante. La luz rojiza del meteorito aún emite un brillo débil desde el fondo del cráter, y el aire está caliente, algo inusual en el clima gélido de la villa.

De pronto, una forma surge de entre la neblina y el humo. Es una masa que se mueve y palpita, casi como si estuviera respirando. Ambos retroceden, aterrados.

-”¿Qué… qué es eso?”- susurra, el terror nublándole la voz.

Antes de que su amigo pueda responder, la bestia se extiende rodeando las piernas de uno de los cazadores. Su compañero observa, horrorizado, mientras su amigo es levantado en el aire y arrastrado hacia las fauces de la criatura, que muestra unos dientes afilados y una larga lengua verde.

-”¡No!”- grita, intentando retroceder, pero una segunda extremidad se lanza hacia él, envolviéndolo en un abrazo caluroso.

Los gritos de ambos cazadores son ahogados rápidamente. El monstruo se funde de nuevo en la grieta, dejando solo el eco de sus pasos y el aire tibio del cráter como rastro de su llegada.


Semanas después, en el centro de Villa Jingle, la nieve sigue cayendo implacable, cubriendo cada rincón de blanco salvo el área del cráter, donde un círculo de tierra árida y seca resalta en el paisaje nevado. Frente a la plaza del pueblo, una multitud se reúne, con rostros sombríos y ojos llenos de miedo y desconcierto.

En medio de ellos está Maloja, el chamán del pueblo, envuelto en capas de pieles y con un extraño báculo tallado con símbolos antiguos, coronado con una piedra roja en su extremo superior. Maloja eleva sus manos al cielo, y la multitud se calla al instante.

-”¡El espíritu de Buyon ha descendido para juzgarnos!”- declara Maloja, su voz retumbando en el aire frío -”¡Es el poder de Buyon, traído desde las profundidades del universo! Solo podremos apaciguarlo con ofrendas.”-

-”¿Qué ofrendas?”- grita alguien desde la multitud -”¡Ya han desaparecido cazadores, y aún no sabemos por qué!”-

-”¡Sacrificios humanos!”- responde Maloja con firmeza, sin una pizca de duda en su voz. -”Solo así lograremos que la bestia vuelva a su letargo.”-

La muchedumbre se agita con murmullos nerviosos y miradas de horror. Pero en ese momento, el alcalde de Villa Jingle, un hombre de rostro cansado y gesto severo, alza la mano para calmar a la gente. Luego se vuelve hacia Maloja con el ceño fruncido.

-”No aceptaré que mates a mis habitantes, Maloja. Esto ha llegado demasiado lejos.”- declara el alcalde, desafiando la mirada del chamán.

Maloja lo observa con una expresión de desdén y sacude la cabeza.

-”Entonces prepárate para ver cómo esta villa es devorada. La Bestia no espera… y se impacienta.”- declara con una sonrisa maliciosa.

El alcalde, sin otra opción y ya superado por la desesperación, toma una decisión. Esa misma noche envía un mensaje al Ejército de la Red Ribbon en busca de ayuda, esperando que, aunque el Gobierno Mundial haya ignorado su pedido, alguien más atienda su llamado.

Días después, en una columna de vehículos blindados y soldados, el General White llega a la villa. En cuanto pone un pie en la nieve, sus botas dejan una marca firme y dominante. Mira el pueblo con aire de superioridad antes de dirigirse al alcalde.

-”Mi ayuda tiene un precio, alcalde.”- dice White, con una sonrisa fría. -”Nos asentaremos aquí. Será un sacrificio menor a cambio de protegerlos de su… bestia.”-

El alcalde suspira, sin estar del todo convencido, pero asiente. Sabe que no tiene otra opción.

-”Lo entiendo, general…”- murmura, bajando la mirada.

White se vuelve hacia sus soldados, dando la orden con voz firme y autoritaria.

-”¡Prepárense! Villa Jingle será nuestro nuevo puesto de avanzada. Y si esa bestia, como la llaman, es tan poderosa, no tardará en ver de qué está hecho el ejército.”-


La noche cae pesada y fría sobre Villa Jingle. El viento helado recorre el pueblo, mientras las luces del campamento del ejército iluminan débilmente el área cercana al cráter. A un lado, en una tienda de campaña improvisada, el General White y Maloja, el chamán del pueblo, conversan en voz baja, con una mezcla de desprecio y complicidad en sus gestos.

-”¿Estás seguro de que esta emboscada funcionará, General?”- pregunta Maloja, frotándose las manos, sus ojos oscuros llenos de una devoción casi fanática. -”Buyon no es una criatura común.”-

-”No me hables de dudas, chamán.”- responde White con un tono frío y calculador. -”Hemos enfrentado monstruos peores que este. Solo necesita un cebo… y se lo daremos.”-

Ambos sonríen con crueldad, pero de repente una voz se alza desde la entrada de la tienda. Es Green, un soldado alto de cabello rojo y ojos celestes, que ha estado escuchando la conversación con creciente enojo.

-”¿Y el cebo debe ser un humano, verdad?”- interviene Green, cruzando los brazos y mirando a ambos con firmeza. -”Estamos aquí para proteger a esta gente, no para usarlos como carnada.”-

White suspira y gira lentamente hacia él, mostrando una expresión de burla apenas contenida.

-”Oh, Green, siempre tan idealista”- murmura el superior a cargo con una sonrisa despreciativa. -”Esta es la única forma de atraer a la bestia. No seas tan sentimental. Es solo un sacrificio, un daño colateral necesario.”-

-”¿Sentimental?”- Green da un paso adelante, la ira reflejada en sus ojos -”No estamos en una guerra cualquiera. Estas personas son inocentes, y no pienso quedarme de brazos cruzados mientras los usas para tus experimentos militares.”-

-”Entonces quizás deberías reconsiderar tu posición en el ejército”- le espeta Maloja, sus ojos brillando con desprecio. -”La voluntad de Buyon está por encima de todo, y si un sacrificio es lo que pide, eso le daremos.”-

Green aprieta los dientes, y tras un segundo de silencio, toma una decisión. Su voz resuena firme y clara:

-”Muy bien. Si quieren un sacrificio… entonces usaré mi vida. No pondré en peligro a nadie más.”- dice con convicción.

White y Maloja se miran, sorprendidos por un instante. Luego, White suelta una carcajada despectiva.

-”Perfecto. Si quieres jugar al héroe, adelante. Nos ahorrarás el trabajo”- dice el militar, alzando las manos en gesto de burla. -”Al menos servirá para algo esa actitud tuya.”-


Esa misma noche, horas más tarde bajo un cielo nublado, el grupo se dirige hacia el cráter. Green avanza al frente, escoltado por un gigante robótico, "Sargento Metálico", que marcha con pasos pesados, sus ojos cubiertos bajo unos lentes de sol. Detrás de ellos, el general White y Maloja los siguen, acompañados por un par de soldados que sostienen sus fusiles con fuerza, claramente tensos ante lo que pueda ocurrir.

Al llegar al borde del cráter, Maloja comienza a murmurar palabras inentendibles, levantando el báculo y agitando las manos en lo que parece un ritual de invocación. El viento cesa, y el silencio se hace profundo en la helada noche, la piedra roja del báculo del chamán brilla con intensidad. Green, sin inmutarse, se adelanta, mirando a la oscuridad del cráter con una mezcla de determinación y desafío.

De repente, una vibración sacude el suelo. Desde el fondo del cráter, una forma masiva y redondeada comienza a emerger. La criatura es enorme, con una piel gomosa y fucsia, con ojos naranjas y dos antenas en su cabeza. Es Buyon, la bestia de la que Maloja había hablado, y que ahora se presenta en toda su temible magnitud.

Green toma su escopeta, sus manos firmes, y apunta directamente hacia la criatura.

-”¡Vamos, Buyon! ¡Ven a buscarme!”- grita, descargando una ráfaga de balas a quemarropa.

Los soldados, nerviosos pero siguiendo las órdenes, también abren fuego con sus fusiles, llenando el aire de estruendos y destellos de pólvora. Sin embargo, cada bala que impacta en la criatura parece desaparecer en su masa viscosa, sin causarle el menor daño. Las balas no son más que débiles picaduras ante su densa y elástica piel.

White observa desde un lado, con una expresión de calma calculadora, y hace una señal al Sargento Metálico.

-”Es tu turno, Metálico. Haz lo que sabes hacer.”- ordena el general, cruzando los brazos.

El gigantesco robot avanza sin dudarlo, y con un salto sorprendentemente ágil para su tamaño, se abalanza sobre Buyon, lanzando golpes directos a su cuerpo. Sus puños de metal chocan con fuerza contra la piel de la bestia, pero cada golpe parece amortiguado y absorbido por la textura gomosa de Buyon, que apenas retrocede. Metálico continúa golpeando, incansable, pero el monstruo apenas muestra señales de daño.

Green, viendo que los golpes de Metálico no están funcionando, intenta rodear a Buyon y dispara en un intento desesperado de distraerlo. Pero en un movimiento repentino, Buyon balancea su cola con brutalidad, golpeando a Green y lanzándolo varios metros en el aire hasta que aterriza pesadamente en la nieve, inconsciente.

Mientras tanto, Buyon se vuelve hacia Metálico, quien sigue atacando con golpes mecánicos. La bestia lo rodea con su enorme cuerpo, y de un mordisco rápido y brutal, arranca uno de sus brazos, que rueda por el suelo. White observa en silencio, su expresión impasible.

Metálico, imperturbable y sin sentir dolor, sigue lanzando golpes con su otro brazo, mientras Buyon lo rodea. Con un violento movimiento, la criatura lanza un uppercut, arrancándole la cabeza de un golpe. La cabeza de Metálico cae, y su cuerpo titubea. Pero, sorprendentemente, el torso del robot sigue luchando, lanzando golpes automáticos y sin sentido hacia el cuerpo de la bestia.

El general suspira, viendo que la situación está fuera de control. Saca un pequeño control remoto de su bolsillo y presiona un botón rojo que tiene inscrito un número “8”.

En la oscuridad del cráter, Buyon lanza un rayo desde sus antenas, que impacta en el pecho de Metálico. El golpe de energía hace que el gigantesco robot se detenga de inmediato, empezando a echar humo por las grietas de su estructura metálica. Buyon gira su atención hacia White y Maloja, sus ojos brillando con hambre. El monstruo se relame con su larga lengua, avanzando con determinación.

White, nervioso, empuja al chamán hacia el cráter.

-”¡Maldito seas! ¡No puedes hacerme esto!”- grita Maloja mientras cae, su grito ahogado en la oscuridad del cráter justo antes de que Buyon lo devore de un solo bocado.

El general retrocede, saca un revólver modificado de su funda en la cintura y dispara directamente al centro de la frente de la bestia. La bala explota al impactar, causando que Buyon retroceda momentáneamente, aturdido. Sin embargo, el retroceso hace que White pierda el equilibrio y caiga de espaldas sobre la nieve.

Buyon se recupera y avanza lentamente, saliendo del cráter. Pero tan pronto como sus patas tocan la nieve helada, su piel comienza a congelarse visiblemente. A la distancia, Green, que ha recobrado la consciencia, observa con atención el efecto que el frío parece tener sobre la criatura.

En ese momento, un helicóptero militar sobrevuela la zona. Desde la cabina, el piloto, con un número quince en su uniforme, presiona un botón en el panel de control y observa la parte trasera del helicóptero, donde un tipo con la apariencia de una versión moderna de Frankenstein espera, sin moverse.

-”¿Listo, Androide 8?”- pregunta el piloto, lanzando una mirada de rigor.

El androide asiente con firmeza y, sin decir palabra, se lanza al vacío. Cae desde el helicóptero, aterrizando directamente sobre Buyon, golpeándolo con toda la fuerza de sus pies y devolviéndolo al cráter de un solo golpe.

Buyon se tambalea, tratando de levantarse, pero el Androide 8 ya se ha lanzado a una ofensiva brutal. Golpes certeros impactan en el cuerpo viscoso de la bestia, que ahora muestra señales de verdadero dolor. La eficacia de los ataques de 8 es notable, mucho mayor que los de Metálico; cada puño hace retroceder a Buyon, cuyas antenas chisporrotean.

Desde el borde del cráter, Green corre hacia la batalla y grita:

-”¡Ocho! ¡Tienes que sacarlo del cráter! ¡La nieve lo debilita!”- exclama.

El Número 8, comprendiendo, asiente y, con un esfuerzo sobrehumano, toma a Buyon por debajo de su piel gelatinosa y lo lanza hacia la nieve helada. La bestia cae pesadamente sobre el suelo y su cuerpo empieza a congelarse rápidamente, hasta quedar inmóvil, hecho una escultura de hielo.

Green y 8 se acercan a la criatura derrotada, observando el enorme cuerpo congelado. Green sonríe con gratitud hacia el androide.

-”Buen trabajo, 8. No esperaba que fueras el as bajo la manga del general.”- dice Green, ofreciendo su mano.

8 la estrecha, y por un instante, ambos se miran con respeto.

-”No está mal, coronel”- responde el androide, en su tono bajo y mecánico. Ocultando sus emociones, pero sus palabras reflejan un pequeño gesto de camaradería.

Antes de que puedan decir algo más, White aparece, observando con satisfacción el cuerpo congelado de Buyon. Sin decir una palabra, saca su control remoto y presiona un botón. De inmediato, los ojos de 8 se apagan, su cuerpo cae pesadamente al suelo, inerte.

-”¿Qué estás haciendo? ¡8 ayudó a derrotar a Buyon!”- grita Green, furioso.

White lo observa con frialdad.

-”Es solo un pedazo de chatarra útil. No necesitamos que piense por sí mismo.”- responde, con una sonrisa cínica.

Green lo mira con desdén, pero sin más palabras, se da media vuelta y se marcha, dejando el lugar con el eco de sus pasos en la nieve.


Semanas después, el cráter es apenas un recuerdo. En su lugar, el ejército ha comenzado a construir una torre masiva, una estructura imponente que se eleva sobre Villa Jingle. En las profundidades de la torre, en un subterráneo frío y oscuro, Buyon permanece atrapado, descongelado y en un estado de letargo, como una bestia en hibernación.

En la cima de la torre, White sostiene una conversación con el comandante Red, quien observa la construcción con admiración.

-”Has hecho un excelente trabajo, general. Esta torre será símbolo de tu valor y estrategia. Además, he autorizado la reconstrucción del Sargento Metálico. Pronto estará listo para servir de nuevo.”- declara el comandante, dando una calada a su puro.

-”Gracias, señor. Prometo que el sacrificio de este pueblo no será en vano.”- responde White, inclinando la cabeza con fingida modestia.

En otra parte de la torre, Green y 8 se despiden. El androide ha sido reactivado, aunque su semblante se ve triste.

-”Fue un buen combate, 8. Sabes que eres más que una máquina para mí.”- dice Green, estrechándole la mano.

-”Gracias, Green. Parece que esta es mi casa ahora.”- responde el androide, con algo que se asemeja a una leve conexión entre ambos.

Green asiente y se da la vuelta. Ha sido transferido a la base principal del ejército, lejos de la influencia de White, mientras 8 se queda en la torre como un arma de seguridad, según las órdenes del general.

Desde Villa Jingle, el alcalde observa la inmensa torre que se levanta sobre su pueblo. Su mirada refleja una mezcla de arrepentimiento y temor, consciente de las consecuencias de su elección.


martes, 26 de agosto de 2025

Bitácora Roja. Parte VII - Entre cadenas y banquetas:

 

Bitácora Roja. Parte VII - Entre cadenas y banquetas:


“¿Qué opinas de mí?”

El amanecer tiñe de dorado las colinas de Vermilion Hills mientras el pueblo cobra vida. Los carros de los comerciantes ruedan por el empedrado, los esclavos transportan mercancías pesadas, y las amas de casa regatean por productos frescos. En una esquina, un grupo de hombres blancos toma café y conversa animadamente, ignorando las miradas furtivas de los esclavos que pasan junto a ellos.

Kuro camina entre la multitud con una bolsa de granos al hombro, su figura delgada casi desapareciendo entre el bullicio. Su madre, una mujer robusta con un rostro marcado por años de trabajo, lo sigue con una canasta de verduras. A su lado, los cinco hermanos menores de Kuro corretean, ajenos a las responsabilidades que recaen sobre su familia.

-“¡Kuro, cuidado con esos granos!”- le grita su madre. -”Si los dejas caer, tendremos que pagarlos”-

-“Lo sé, madre”- responde Kuro, ajustando la carga con cuidado.

Uno de sus hermanos pequeños, un niño de no más de cinco años, tira de su camisa.

-”Kuro, ¿crees que hoy cenaremos algo bueno?”- pregunta con inocencia.

Kuro sonríe, aunque su espalda duele por el peso.

-“Siempre cenamos algo bueno.”- responde. -”Madre se asegura de eso.”-

La familia de Kuro llega a la plaza del mercado, donde se reúnen con otras familias de esclavos para intercambiar provisiones y rumores. A pesar de las condiciones precarias, hay una calidez en sus interacciones, una especie de resiliencia que los mantiene unidos.


En contraste, Red pasea por el mercado con una expresión de disgusto. Su padre lo ha enviado a supervisar la compra de especias para la cocina, una tarea que considera insignificante.

-“No sé por qué me hace hacer esto.”- murmura para sí mismo, pateando una piedra.

Su chaqueta limpia y sus botas relucientes lo distinguen claramente del resto. Aunque muchos lo saludan con respeto, él apenas se molesta en responder sintiendo que todas las miradas se dirigen a su estatura.

Mientras camina, se cruza con la familia de Kuro. Al principio, no los reconoce, pero cuando ve a Kuro descargando la bolsa de granos, se detiene.

-“Kuro.”- lo llama con voz autoritaria.

El esclavo levanta la cabeza rápidamente, sus hermanos pequeños lo miran con curiosidad.

-“Señor Red.”- responde, bajando la mirada por reflejo.

-“¿Qué haces aquí?”- le pregunta con cierta violencia. -”Creí haberte dicho que ibas a limpiar el establo esta mañana.”-

El muchacho duda, pero su madre interviene.

-“Perdónelo, joven amo.”- dice con cautela. -”Le pedí que nos ayudara a cargar las compras. Regresará a la hacienda en cuanto terminemos.”-

Red frunce el ceño.

-“No tienes por qué disculparte, señora.”- dice el terrateniente. -”Kuro trabaja para mí, pero no soy tan cruel como para impedirle ayudar a su familia. Asegúrense de que regrese pronto.”-

El tono condescendiente de Red incomoda a la madre de Kuro, pero ella asiente respetuosamente.

Mientras Red se aleja, los hermanos de Kuro comienzan a hablar en voz baja.

-“¿Él es tu amo, Black? Parece más joven de lo que imaginaba.”- comenta una de las niñas.

-“También parece presumido.”- añade otro.

Kuro no dice nada. Mira a Red desaparecer entre la multitud, preguntándose por qué lo ha defendido frente a su madre.


Más tarde, ese mismo día, Kuro regresa a la hacienda con el cuerpo cansado pero la mente inquieta. Red lo está esperando en el establo, sentado sobre una pila de heno y jugando con una navaja de bolsillo.

-“¿Sabes por qué te llamé en el mercado?”- pregunta Red sin mirar al esclavo directamente.

-“No, señor Red.”- responde mientras comienza a barrer el suelo.

-“Porque quería saber algo.”- dice Red, poniéndose de pie y acercándose. -“¿Qué opinas de mí?”-

La pregunta toma a Kuro por sorpresa. Deja de barrer y mira a Red con cautela.

-“¿Por qué lo pregunta, señor?”- le pregunta ocultando cierto nerviosismo.

“Responde la pregunta, Kuro. No me gustan los rodeos.”- le exige.

El esclavo respira hondo.

-“Creo que… usted es justo, señor. Aunque a veces no lo parece.”- afirma el jovencito.

-“¿Justo? Explícate.”- Red arquea una ceja.

-“Usted podría tratarme como a los otros esclavos, pero no lo hace. Me deja hablar y no me golpea… al menos no todavía.”- dice Kuro con una pequeña sonrisa.

Red se queda en silencio por un momento antes de asentir.

-“Supongo que tienes razón. No soy como mi padre, ni quiero serlo.”- dice con resentimiento. -”Pero eso no significa que puedas aprovecharte, ¿entendido?”-

Kuro asiente rápidamente.

-“Bien.”- dice Red, volviendo a su lugar en la pila de heno. -“Ahora sigue trabajando. Quiero este establo impecable antes de la cena.”-


Esa noche, durante la cena en la mansión Vermilion, Red enfrenta de nuevo la frialdad de su padre. Vermilion cena en silencio, ignorando a su hijo, mientras los esclavos sirven la mesa.

-“¿Por qué no me enseñas a manejar los negocios, padre?”- le pregunta con seriedad. -”Estoy listo para aprender.”-

Vermilion lo mira con desdén.

-“¿Manejar los negocios?”- dice con sorna. -”No puedes ni siquiera cazar un conejo sin hacer el ridículo, y quieres que te enseñe sobre finanzas. No me hagas reír.”-

Red aprieta los puños, pero no dice nada. Su relación con su padre siempre ha sido una batalla de egos, y esta noche no es diferente.

En contraste, en la humilde cabaña de la familia de Kuro, la cena es sencilla pero llena de risas. Sus hermanos pequeños juegan con los restos del pan, mientras sus padres cuentan historias del pasado.

-“Kuro, ven aquí.”- dice su madre, haciéndolo sentarse junto a ella. -“Gracias por ayudar hoy. No sé qué haríamos sin ti.”-

El preadolescente sonríe tímidamente.

-“Siempre voy a estar aquí, madre.”- dice el jóven. -”Prometo que algún día no tendremos que vivir así.”-

La madre lo abraza, y él cierra los ojos, permitiéndose soñar con un futuro mejor.

Dos casas, dos mundos completamente diferentes, pero unidos por un vínculo que apenas comienza a formarse. Red y Kuro están destinados a cambiarse mutuamente, para bien o para mal.


viernes, 22 de agosto de 2025

Bitácora Roja. Parte VI - Ladrona con sentimientos:

 

Bitácora Roja. Parte VI - Ladrona con sentimientos:



“Solo... quería dejar atrás ese mundo y…”


En la Capital del Sur, el viento frío atraviesa los callejones estrechos y oscuros que se forman en los grandes rascacielos. Entre los muros de ladrillos desgastados, Lapis y Lázuli se detienen en la esquina de una concurrida avenida. Los gemelos, con miradas inocentes y gestos preocupados, localizan a una pareja bien vestida que se pasea sin prisa, absorta en una conversación. Lapis se adelanta, dirigiéndose a la pareja con una expresión desesperada.


-”¡Por favor, necesitamos ayuda!”- dice Lapis con voz temblorosa, mientras su hermana Lázuli asiente. -”¡Nuestra madre… ha tenido un accidente!”-


La pareja, alarmada, se deja guiar por los gemelos hacia el oscuro callejón. Tan pronto cruzan la esquina y se internan en el callejón, una figura emerge de las sombras. Es Hasky, una mujer rubia, de ojos marrones con un cuchillo en mano y una sonrisa confiada.


-”Vaya, qué generosos… viniendo a ayudar.”- murmura Hasky mientras apunta con calma a la pareja. 


Con la habilidad de una profesional, rápidamente les despoja de sus relojes, billeteras y joyas, sin dejar de mantener la mirada atenta. La pareja no tiene otra opción que obedecer, aterrorizada por el arma blanca en sus manos. En cuestión de segundos, Hasky les hace un gesto para que se vayan.


-”Y ahora, sigan su camino.”- ordena, observando cómo los dos se alejan apresurados.


Hasky guarda las ganancias en una pequeña bolsa y se vuelve hacia sus hijos adoptivos, sonriendo.


-”Buen trabajo, equipo.”- sonríe ella.


Más tarde, los tres se sientan alrededor de una mesa de metal en un pequeño restaurante de mala muerte. El aire está impregnado de un olor a comida grasienta, y en la mesa frente a ellos hay unos platos de dudosa procedencia.


-”Hasky, ¿podemos comprar ese scooter?”- pregunta Lapis, señalando una tienda al otro lado de la calle, donde una elegante moto brilla en la vitrina.


-”¡Y ese conjunto de moda!”- añade Lázuli con una expresión de ensueño.


Hasky se cruza de brazos, arqueando una ceja con desaprobación.


-”No piensen en tonterías, ¿quieren?”- responde cortante. -”Primero, trabajan y ahorran, luego ya veremos si se ganan algo más que ropa o juguetes.”-


Ambos gemelos suspiran, pero obedecen, sin dejar de observar con anhelo sus deseos a través de la ventana.


Horas después, Lapis y Lázuli están ocupados en un nuevo golpe. Esta vez, el objetivo es un grupo de chicos de su edad, a quienes encuentran sentados en la plaza, disfrutando de una tarde tranquila. Con habilidad, los gemelos se acercan y empiezan a trabajar en su plan, metiéndose con uno de ellos mientras intentan robar discretamente los objetos de valor. Sin embargo, uno de los chicos se da cuenta y reacciona, desatando una pelea. Golpes van y vienen, pero la experiencia de Lapis y Lázuli les da ventaja. Finalmente, los gemelos salen victoriosos, aunque cubiertos de moretones, y huyen antes de que llegue la policía.

Por su parte, Hasky se infiltra en una fiesta de la alta sociedad. Vestida con elegancia para no levantar sospechas, se pasea entre la multitud, intercambiando sonrisas y saludos, mientras sus dedos hábiles deslizan collares y pulseras de las muñecas y cuellos de los invitados, guardando cada objeto con destreza. Con movimientos calculados, consigue un botín considerable, saliendo de la fiesta sin que nadie se percate de lo que acaba de perder.

Horas después, ya lejos del bullicio de copas y perfumes caros, Hasky entra en una lavandería automática de mala muerte, una de esas que jamás cierran y siempre huelen a vapor y grasa vieja. Se sienta en la esquina más oscura, abre un pequeño compartimento oculto en su bolso y comienza a contar el botín bajo la tenue luz del fluorescente parpadeante.

Entonces lo ve. No estaba allí antes. Juraría que no.

Una tarjeta negra, delgada, sin marcas visibles salvo una inscripción en tinta plateada que solo se revela cuando la inclina contra la luz: “13:45. Calle Griseo 12.”

Hasky la observa en silencio unos segundos. No hay firma, ni símbolo, ni crédito incluido. Solo eso.



Esa noche, los tres duermen bajo un puente. Hasky se recuesta sobre el suelo de concreto, cubriéndose con una manta gastada, mientras los gemelos se acomodan cerca de ella.


-”La cena enlatada es… decepcionante.”- murmura Lázuli, quejándose con una mueca de desagrado.


-”Deberíamos robar un restaurante de una vez.”- suspira Lapis, mirando el cielo oscuro.


-”No empiecen.”- gruñe Hasky, mirando hacia arriba, tratando de encontrar un pedazo de cielo despejado entre las vigas del puente. -”Es lo que tenemos por ahora, así que se lo tragan o se acuestan con hambre.”-





Al día siguiente, Hasky le entrega a cada uno de los gemelos unas monedas.


-”Vayan al parque y tómense un helado, pero vuelvan antes del atardecer.”- les ordena. Los gemelos, felices, aceptan y corren hacia el parque.


Mientras Lapis y Lázuli se divierten en su descanso, Hasky camina hacia una calle secundaria, donde una figura espera, recostada contra un elegante coche negro. Reizoku, un hombre gordo de cara redonda y pálida como la cera, la observa con una sonrisa refinada, con las manos entrelazadas en la espalda. Al verla, se incorpora y hace una leve reverencia.


-”Señora Hasky, un placer conocerla en persona.”- Su tono es educado, casi solemne. -”Mi nombre es Reizoku, y vengo en representación de alguien que valora sus… talentos.”-


-”No soy de las que hacen trabajos a ciegas.”- responde Hasky, cruzándose de brazos. -”¿Qué necesitas?”-


-”Un cliente importante, un científico, para ser precisos, está trabajando en un proyecto que podría ser vital para la seguridad mundial. Pero… carece de los fondos necesarios.”- explica Reizoku, con una sonrisa tranquila y perturbadora. -”Y digamos que usted, tiene acceso a ciertos recursos que podrían ayudarle.”-


Hasky ladea la cabeza, estudiando al hombre.


-”¿Y quién tiene tanto dinero como para que le consideren?”- pregunta inquisitiva.


-”Una antigua coronel del Ejército de la Red Ribbon.”- responde Reizoku, entrecerrando los ojos. -”La dama en cuestión es muy cuidadosa y tiene un servicio de seguridad personal.”-


Hasky se cruza de brazos, considerando la oferta.


-”Sin embargo, nuestra información es clara: ella guarda su fortuna en su residencia. Necesitamos a alguien con su habilidad para entrar y hacerse con ello.”-


-”No me gustan los trabajos en casas de ex militares. Son ruidosos.”- dice ella, dudando.


Reizoku hace un gesto elegante, como si le asegurara que no hay de qué preocuparse.


-”Confío en que su destreza puede manejar cualquier obstáculo, Hasky. Será muy bien recompensada.”- exclama con un tono servicial y complaciente.


Hasky suelta un suspiro y asiente lentamente.


-”Está bien. Acepto, pero no te prometo nada si resulta una trampa.”- responde con una mueca de desconfianza.


Reizoku sonríe, complacido, y hace una reverencia nuevamente antes de abrir la puerta de su coche.


-”Le aseguro que será una empresa… lucrativa, por decir lo menos.”- se despide de Hasky con una inclinación de cabeza. -”Mañana al atardecer.”-


Hasky observa cómo el lujoso coche se aleja.



Al atardecer del día siguiente, Hasky vuelve al mismo callejón para encontrarse con Reizoku. La expresión de Hasky revela desconfianza, pero sus ojos muestran determinación. Reizoku, con su aire de cortesía distante, le entrega un maletín negro.


-“Le he traído equipo para facilitar la misión.”- comenta en un tono neutro.


Ella inspecciona el contenido del maletín, donde ve unas granadas somníferas y una pistola de tecnología avanzada. La rubia guarda el arma en su cinturón, y toma las granadas a modo de bandolera.


Reizoku la observa un momento, asintiendo con una media sonrisa y le entrega una aeromoto pequeña y ágil. 


-“La dirección de tu objetivo está en el panel de control.”- indica, mostrándole una pantalla diminuta en el manillar.


Con un simple asentimiento, Hasky se monta en la aeromoto y arranca, dejándolo en el callejón mientras desaparece entre las sombras.




Cuando cae la noche, y con el sigilo y la precisión de un cazador experimentado, Hasky salta la pared de la residencia, aterrizando silenciosamente en el jardín. Avanza con pasos calculados, noqueando sin ruido a cada guardia en su camino; unos caen de un golpe preciso en la nuca, mientras a otros los asfixia, sujetándolos hasta que pierden el conocimiento. Sin dejar huellas, atraviesa los pasillos hasta llegar a la oficina donde está la caja fuerte.


Frente a la caja, Hasky comienza a trabajar en el mecanismo mientras sus dedos recorren los diales con precisión.


-“Siempre me las he ingeniado para estas cosas.”- susurra, casi divertida.


Sin embargo, apenas comienza a manipular los engranajes, un brazo fuerte la envuelve desde atrás y la lanza hacia un costado. El impacto la hace chocar contra una mesa, sintiendo una punzada de dolor en el hombro.


Frente a ella, aparece un hombre alto y musculoso de pelo rubio corto, cuya presencia es tan intimidante como su fuerza. Sin perder tiempo, Hasky se coloca un pañuelo sobre el rostro y lanza una granada somnífera que rápidamente llena la sala de una nube espesa. El hombre intenta atraparla, lanzando golpes que ella logra esquivar ágilmente mientras retrocede. Pero el somnífero empieza a hacer efecto, y los movimientos del hombre se vuelven lentos; finalmente cae al suelo, inconsciente.


Antes de que Hasky pueda respirar aliviada, un impacto en la espalda la lanza fuera de la lujosa sala de estar, rompiendo el ventanal y haciendo que atraviese el vidrio hasta caer en el patio exterior. Mareada, se incorpora y se da cuenta de que ha perdido el pañuelo que cubría su rostro. Frente a ella está Violet, la ex coronel de la Red Ribbon, con una expresión decidida y ojos afilados que destilan tanto orgullo como furia.


-“¿Así que eres una vulgar ladrona?”- exclama Violet con desprecio. Las dos mujeres se miran, cada una con su propia carga de orgullo y resentimiento. 


-“Trabajo para alguien que necesita fondos.”- contesta Hasky, tratando de mantener la calma mientras intenta recuperar el aliento. -“Y parece que tú tienes mucho dinero en tu poder.”-


Violet sonríe con sarcasmo.


-“Cuando el ejército cayó, yo estaba allí. Aproveché la confusión y me llevé todo el dinero que pude.”- narra la ex militar -”Solo quería empezar de nuevo, lejos de esa vida.”- 


La tensión entre ambas es palpable, como si el peso de sus respectivos pasados hubiera convertido la conversación en un duelo.


Violet lanza el primer golpe, un puñetazo rápido y directo que Hasky logra esquivar por poco. Respondiendo con un giro rápido, Hasky busca asestarle un codazo, pero Violet lo bloquea con una sorprendente rapidez y contraataca con una patada baja que desestabiliza a Hasky.


Con una mezcla de fuerza militar y gracia, la ex coronel lanza una serie de golpes directos, cada uno calculado y preciso, mientras Hasky se desliza intentando esquivar. Las dos mujeres ruedan por el suelo, intercambiando llaves y golpes en una coreografía intensa. Hasky logra sujetar a Violet por la muñeca y girar, haciéndola caer al suelo. Pero la ex coronel se suelta con un movimiento brusco, aprovechando su peso y preparación militar para derribar a Hasky de un golpe, haciéndola retroceder.


Con un último esfuerzo, Hasky desenfunda su pistola, apuntando a Violet. La mujer de pelo lila se queda inmóvil, mirándola con una mezcla de desafío y resignación.


Hasky aprieta el gatillo, su rival cae al suelo, con una herida en el pecho que no podrá sanar. La ladrona respira entrecortadamente, observando el cuerpo inmóvil frente a ella. Una punzada de arrepentimiento la invade.


-“Lo siento... nunca quise llegar a esto.”- susurra entre lágrimas.


Violet, en su último aliento la observa.


-“Solo... quería dejar atrás ese mundo y…”- sus ojos se cierran mientras su respiración se apaga lentamente.


La rubia recoge el dinero, su mente nublada por el peso de lo que acaba de hacer. Con manos temblorosas y una mirada que refleja tanto dolor como confusión, se da la vuelta y abandona la casa, perdiéndose en la oscuridad, mientras el eco de su primera muerte la sigue en el silencio de la noche.




Bajo la luz tenue de la luna, Hasky regresa al viejo puente donde sus hijos adoptivos, Lapis y Lázuli, descansan en una improvisada cama de mantas. La fatiga y el peso de lo ocurrido se reflejan en sus ojos, pero en cuanto ve a los gemelos, su expresión se suaviza. Se inclina hacia ellos y besa sus frentes con ternura, sin saber que ambos chicos fingen dormir, observándola a través de párpados entrecerrados.


Mientras Hasky se aleja, Lapis y Lázuli intercambian una sonrisa astuta y apenas audible.


-“¿Viste eso? Ni se dio cuenta de que estábamos despiertos.”- susurra Lázuli.


-“Ja, somos unos genios.”- responde Lapis, dándole una palmada suave en la espalda a su hermana. 


Sin hacer ruido, los dos se deslizan entre las sombras, siguiendo a su madre adoptiva a una distancia prudente.




Minutos después, Hasky llega al muelle de la ciudad donde la figura imponente de Reizoku la espera. Sus manos tiemblan al ofrecerle la bolsa de dinero. 


-“Aquí está tu dinero, Reizoku.”- dice con voz firme pero temblorosa. -“Y aquí se termina todo. He cruzado una línea que no puedo borrar.”-


Reizoku la observa con una leve sonrisa.


-“Entiendo sus razones, señora Hasky.”- ladea su cabeza Reizoku, manteniendo su fría sonrisa. -”Realmente lamento que lleguemos a esto.”-


Antes de que Hasky pueda reaccionar, Reizoku saca un cuchillo y, con un movimiento rápido y silencioso, la apuñala en el cuello. La ladrona cae al suelo, su mirada se nubla mientras el dolor la inunda. Reizoku recoge la bolsa de dinero, mirando su cuerpo sin emoción antes de retirarse en la oscuridad, dejando tras de sí el eco de la sangre borboteando.


Desde un rincón en las sombras, Lapis y Lázuli observan horrorizados lo ocurrido. Lázuli corre hacia su madre y la abraza con desesperación, lágrimas surcando su rostro mientras intenta reanimarla.


-“Mamá… ¡mamá, no te vayas!”- suplica entre sollozos.


Hasky apenas logra enfocar la vista en ellos antes de que su mirada se pierda y su cuerpo quede inerte en los brazos de los adolescentes.


Lázuli se desploma, llorando sin consuelo, mientras Lapis se queda inmóvil con sus ojos llenos de rabia y dolor.




Luego de unos días de viaje, Reizoku llega a una cueva oculta, donde el doctor Gero lo espera, ajustando unos dispositivos en una mesa de trabajo.


-“¿Lo has conseguido?”- pregunta el doctor, sin levantar la mirada.


-”Aquí está. Los fondos que necesita están asegurados, señor.”- asiente con solemnidad el orondo mayordomo.


El doctor Gero asiente con satisfacción.


-“¿Alguna posibilidad de que tengamos problemas?”- pregunta, revisando el dinero.


Reizoku sonríe con su calma habitual.


-“Ninguno. Todo ha sido resuelto. Los cabos sueltos… ya no existen.”- afirma.


El doctor lo mira un instante antes de sonreír con frialdad. Ambos asienten en silencio, regresando a sus trabajos en la penumbra de la cueva, donde la oscuridad parece envolverlos por completo.




Lapis y Lázuli, sin rumbo y marcados por la tragedia, han comenzado a realizar robos nuevamente. Sin embargo, ambos han cambiado profundamente. 


En un callejón oscuro, acaban de asaltar a un comerciante que cae al suelo, temblando mientras Lapis lo apunta con un cuchillo.


-“¡¿Dónde está todo tu dinero?!”- exige Lapis, sin esconder la furia en su voz. 


El comerciante tartamudea, sacando unas monedas de su bolsillo. Lázuli, al otro lado, observa la escena con una mirada vacía, sentada sobre un cubo de basura.


-“Lapis… no hagas más difícil esto de lo que ya es.” murmura Lázuli en voz baja, mirando al suelo.


-“¿Por qué no? ¡Ellos también nos arrebataron todo! ¿Y tú piensas que vamos a seguir dejando que nos pisoteen?”- replica Lapis, acercándose más al comerciante. Su voz está llena de ira contenida, su mano temblando mientras sostiene el cuchillo.


Lázuli suspira, observando a su hermano sin expresión.




Lejos de allí, el viudo de Violet se encuentra frente a las enormes puertas de la Torre Músculo de Villa Jingle, contemplando la estructura que alguna vez representó su pasado militar. Finalmente, se arma de valor y entra, avanzando hasta la oficina del nuevo comandante Silver.


Silver lo recibe con una sonrisa fría, estrechándole la mano.


-“Bienvenido de nuevo, Soldado 15. Nos hace falta gente como tú en el Ejército.”- dice el militar.


El Soldado asiente, su mirada seria y determinada.


Orgullo de Mifan - Tercer Canto:

  Abran bien los ojos, porque lo que la historia amansa, el mito lo devuelve a su estado salvaje. Tras la paz de los Juegos, Mifan prosperó,...