martes, 30 de septiembre de 2025

Bitácora Roja. Parte XVII - ¡Good mourning, Kurocha!:

Bitácora Roja. Parte XVII - ¡Good mourning, Kurocha!:


“Un defensor, no un asesino.”


La humedad del subsuelo rezuma por las grietas del concreto. Es un ambiente sin ventanas, apenas ventilado, apenas iluminado por tubos fluorescentes que parpadean como si les costara seguir vivos. El aire está viciado, excepto por el tenue perfume sintético que deja una estela tras los pasos de quien manda allí.

En el centro de la habitación, encadenado a la pared y al techo por gruesas argollas de acero, se encuentra Saetta.

Su cuerpo está suspendido por las muñecas, apenas tocando el suelo con las puntas de los pies descalzos. Las cadenas se hunden en sus antebrazos vendados, dejando marcas oscuras. Su túnica marrón está desgarrada por varios costados, revelando una piel cubierta de heridas, hematomas y cortes mal cicatrizados. El pañuelo violeta que llevaba al cuello ahora cuelga, manchado, como un trapo de batalla. Su cabello blanco se pega al rostro, ensuciado por la sangre que aún gotea desde la frente. La piel dorada parece más pálida bajo la luz de la sala.

Sus ojos, sin embargo, no han cambiado. Siguen fijos. Ni cerrados ni desenfocados. Abiertos. Firmes. Observando nada… o tal vez recordando todo. Son ojos que ya han visto la muerte muchas veces, y que ahora miran al abismo con una serenidad casi insolente.

A pocos pasos de él, se encuentra el General Blue.

Impecable, como siempre. Su uniforme sin una sola arruga, sus guantes blancos relucientes. Su rostro no delata emoción alguna, pero sus ojos sí. Hay una chispa en ellos, un deleite calculado que convierte el lugar en un escenario y a Saetta en su única audiencia.

Frente a una mesa de metal cuidadosamente ordenada, Blue examina instrumentos. Ganchos quirúrgicos, pinzas de precisión, electrodos, agujas largas como punzones. Los toca con la yema del dedo, los observa bajo la luz artificial como si seleccionara vinos finos para una cena privada. 

La lluvia golpea el techo de concreto con un ritmo hipnótico. Afuera debe haber tormenta, pero aquí abajo solo existe ese cuarto, ese silencio, y la espera.

Blue se detiene frente a un pequeño estilete con mango de cobre. Lo toma con delicadeza. Se gira lentamente hacia Saetta.

Blue camina hacia él. Saetta no se inmuta. La sesión va a comenzar.


36 Horas antes:

Un convoy militar del Ejército Red Ribbon avanza trabajosamente por un sendero abierto a machetazos. Los camiones blindados botan humo negro. Los neumáticos se hunden en el barro, dejando huellas anchas como cráteres.

A bordo de uno de los vehículos viaja el General Blue, con el ceño levemente fruncido por el calor y el hedor. A su lado, en el mismo vehículo, va el Coronel Yellow, un tigre humanoide que masculla una zanahoria como si fuera un habano.

-”No me malinterprete, General.”- dice Yellow con la boca llena. -”Yo me crié en la jungla. Pero esta jungla… esta jungla me quiere comer los pies.”-

-”A ti no te quieren ni en tu escuadrón, Coronel.”- responde Blue, sin mirarlo.

-”No es mi culpa que ronque cómo artillería ligera.”- replica el tigre. -”Lo de anoche fue instinto defensivo.”-

Detrás de ellos, caminando entre el fango, va una escuadra de soldados animales humanoides: una cabra con visor de francotirador, un lagarto artillero, un bisonte con armadura pesada, una conejo delgada de pelaje blanco rosado, y varios más. Sus cascos están salpicados de barro, los uniformes rajados, pero sus miradas son decididas.

Blue los observa desde el retrovisor.

-”Míralos.”- dice con asco. -”Parece una jaula sobre ruedas. Pieles con cerebro de piedra.”-

-”Cerebro o no.”- gruñe Yellow. -”Son más leales que tus chicos.”-

Blue levanta una ceja. No responde. Solo pasa una toallita blanca por su rostro como si el aire de la jungla fuera una ofensa.


En medio de la jungla Kurocha, Saetta observa desde un risco cercano a su pueblo. Silencioso. El viento agita su pañuelo violeta.

Su gente se reúne alrededor. Hombres, mujeres, ancianos, niños. Pocos tienen armas. Algunos solo cargan mochilas con lo esencial.

-”Van a venir.”- dice Saetta sin girarse. -”Y van a venir en números.”-

Camina hasta su choza. Se quita la túnica superior. Se venda los brazos. Toma su arco, cuidadosamente tallado. Examina las flechas. Las puntas, de piedra violácea, envenenadas. Las plumas, perfectamente equilibradas. Su carcaj parece hecho a mano, con cuero curtido por él mismo.

-”Con la selva, no estoy solo.”- sentencia, acomodando su cabello blanco.


Las cadenas chirrían mientras el cuerpo de Saetta se sacude brevemente, forzado por una corriente eléctrica directa al costado. No hay gritos. Solo una exhalación ronca.

El General Blue se detiene. Deja el pequeño control remoto sobre la bandeja quirúrgica con delicadeza. Se quita los guantes, lentamente. Luego, toma una toalla perfumada y se limpia las palmas como si hubiera terminado de cenar.

-”¿Sabes qué me molesta de ti?”- pregunta, mientras camina en círculos. -”No es tu resistencia. No es tu silencio.”-

Se detiene frente a él. Lo observa. Saetta tiene la cabeza caída, el rostro cubierto de sangre y sudor. Pero sus ojos... siguen despiertos. Desafían.

-”Tienes modales. No eres un animal salvaje.”- dice con una media sonrisa. -”Pero aún así, elegiste morir como uno.”-

Saetta levanta la cabeza. Despacio. Lo suficiente para dejarse ver.

-”Y tú… hablas como si no tuvieras alma.”- el muchacho escupe al suelo.

Blue sonríe, fascinado.

-”Tal vez no deberías haberte metido con nosotros.”- inclina el rostro para que el arquero le mire. “Tal vez deberías haber venido por las buenas. Podría haberte mantenido cerca. Entrenarte. Disfrutarte.”-

El arquero no responde. Solo lo mira. Luego, muy bajo, dice:

-”Pertenecer… no es algo que se me antoje.”- murmura. -”Menos si el precio es la piel.”

Blue suspira.

-”No vine por ti, Saetta. Vine por algo que guardas.”- le dice, mientras inserta una aguja en el costado del chico, haciéndolo sufrir. -”¿Sabes de qué hablo?”-

Saetta lo mira. Tiene sangre entre los dientes. Blue lo observa, luego da un paso atrás. Suspira, aburrido.

-”Esto podría haber sido tan placentero.”- dice con los ojos cerrados. -”Tan... íntimo.”-

Se gira, activa su auricular..

-”Coronel Yellow.”- dice, con voz serena. -”Él no hablará. Pero ya lo tengo.”-

La voz de Yellow suena por el comunicador, con estática y entusiasmo:

-”¡Ya me estaba aburriendo, General!”- espeta el tigre.

Blue apaga el comunicador. Vuelve a mirar a Saetta.

Saetta cierra los ojos, una gota de sangre cae al suelo.



30 Horas antes:

Los árboles no se mueven, pero todo está vivo.

Las hojas son tan densas que apagan el sol. La humedad no cae: se pega a la piel, como si la jungla quisiera tragarse a los intrusos. Los soldados avanzan en formación cerrada, rodeando el perímetro del asentamiento abandonado. La tierra está blanda. El aire, espeso.

-”¿Por qué están todos tan callados?”- pregunta el soldado lagarto desde el fondo.

Una cuerda se activa.

Un tronco cubierto de púas cae desde arriba, partiéndole el cráneo al primer soldado como una sandía. El golpe es seco.

-”¡Emboscada!”- grita el bisonte.

Pero ya es tarde.

Una trampa se dispara desde el suelo, lanzando estacas en todas direcciones. La conejo antropomórfica cae con el pecho perforado. Otro, una tortuga, intenta cubrirse, pero pisa una placa falsa y queda colgado por el cuello.

Desde lo alto de un árbol, Saetta suelta una flecha.

Impacta en el hombro de una cabra con visor. La envenena al instante. El cuerpo cae sin vida, convulsionando.

-”¡Lo vi! ¡Está en los árboles!”- grita uno de los sobrevivientes, una pantera.

Disparan hacia la copa. Las balas cortan hojas, ramas, pero no lo tocan. Saetta ya no está ahí.

Otra flecha. Otro cuerpo.

Yellow, en el centro del caos, grita mientras retrocede:

-”¡¿Qué es esto, un cuento de hadas mal parido?!”- dice asustado -”¡Nos está matando con palitos y cuerdas, maldita sea!”-

-”Trampas artesanales. Precisas. Silenciosas.”- Blue camina entre los cadáveres sin perder la compostura. -”Casi admirables. Si no fueran tan... primitivas.”-

El General se detiene. Su traje está impoluto.

Una sombra se desliza entre los árboles. Un silbido agudo. Otra flecha.

Blue la intercepta con un movimiento limpio, gira su muñeca y atrapa el proyectil en el aire. Observa la punta envenenada.

-”Curiosa elección de veneno. Lento. Paralizante. No letal de inmediato.”- suelta la flecha. -“Un defensor, no un asesino.”-

Una nueva trampa se activa.

Esta vez, una lluvia de lanzas hechas con huesos de animales. Caen como dientes desde el cielo sobre los soldados restantes.

Solo quedan los dos oficiales.

Saetta observa desde las sombras, sin moverse.

Blue se pasa la mano por el cabello, aún sin una gota de sudor. Sus ojos se clavan en la copa de los árboles.



El Coronel Yellow avanza solo entre los árboles, siguiendo las coordenadas que Blue le transmitió. Un mapa holográfico titila en su antebrazo. El rastro lo lleva hacia la base de un risco, donde la vegetación se vuelve más espesa y húmeda, y el aire más frío. Allí, casi oculta tras una cortina de raíces, hay una grieta entre las piedras.

-”Esto parece el trasero de un dinosaurio borracho.”- masculla Yellow, apartando las lianas con sus garras.

El interior es un pasaje angosto, húmedo. La luz de su linterna baila sobre las paredes de roca viva. A cada paso, sus botas crujen sobre huesos de animales y ramas secas.

En el centro, sobre un altar de piedra cubierto por musgo, reposa un objeto que brilla como un corazón latente.

Una esfera perfecta. Color ámbar. Suave como vidrio pulido.

-”Te ves cara y pesada. Como mi suegra.”- murmura, y luego silba. -”General, la tengo. Repito: la tengo.”-

El comunicador de Blue responde con frialdad:

-”Tráela al punto de extracción. Rápido.”-

Yellow guarda la esfera en un estuche acolchado que llevaba a la espalda, lo cierra con doble traba, y retrocede. 

La cámara queda vacía.



28 Horas antes:

El arco está vacío. Solo queda una flecha rota, que Saetta sujeta con dos dedos antes de dejarla caer. La selva, a su alrededor, respira fuego y humo: parte del bosque ha sido incendiado para abrir paso al escuadrón.

Desde las copas, Saetta observa por última vez antes de dejarse caer.

Sus pies tocan tierra con un leve crujido. Sus movimientos son felinos. La túnica rasgada, el rostro cubierto de barro. Su mirada sigue intacta.

Al otro lado del claro, Yellow emerge entre la bruma. Cubre su nariz con una mano. Tiene heridas. Una oreja sangrante.

-”¡Ya se acabaron los truquitos, arquero!”- ruge. -”¡Ahora te quiero ver sin palitos.”-

Saetta no responde. El choque es instantáneo.

Yellow lanza un puñetazo directo, que Saetta esquiva con una voltereta hacia el barro. Con el impulso, patea el tobillo del tigre, haciéndolo trastabillar. El coronel responde con una patada giratoria que impacta en el abdomen de Saetta y lo lanza contra un tronco.

El arquero escupe sangre. Se levanta y avanza de nuevo.

Es una pelea entre naturaleza y músculo. Yellow usa todo su peso, lanzando zarpazos que parten ramas y dejan huellas en los árboles. Saetta esquiva, bloquea, usa el entorno: lanza piedras, gira en el barro, usa su arco como garrote improvisado. Lo golpea en las costillas. Luego en el rostro.

Yellow ruge. Su cara se deforma. Salta encima de él. Saetta cae. Yellow lo agarra del cuello.

-”¡A ver si la selva te protege ahora!”- dice mientras levanta la mano derecha en forma de garra.

-”Coronel.”- Blue está allí, de pie entre el humo, inmaculado.

No amenaza. Pero su presencia lo detiene todo.

-”Déjalo con vida.”- dice con tranquilidad.

Yellow, jadeando, con el pecho subiendo y bajando, mira a Blue con incredulidad.

Blue se acerca a Saetta, que se ha puesto de rodillas.

-”Traigan el transporte.”- dice por una radio en su cinturón. -”El activo está vivo.”-



La celda no tiene ventanas. Saetta cuelga encadenado, el torso inclinado hacia adelante. Su cuerpo es un mapa de golpes, cortes y hematomas. El cabello blanco se le pega al rostro. Respira por la boca, lenta, dolorosamente. Sus labios están partidos. Su mirada sigue en alto.

Los pasos de Blue resuenan en el pasillo metálico. Van seguidos de un leve taconeo elegante, como si estuviera desfilando entre ruinas.

-”Qué decepción.”- habla con cansancio, como si ya no tuviera más interés. -”Tanta floritura... para terminar colgado como un perro callejero.”-

Saetta, aunque apenas puede sostenerse, levanta la cabeza. Escupe a un lado.

Lo mira fijo, con la voz rota pero firme:

-”No todas las batallas se luchan por la victoria…”-

Blue parpadea.

-”...algunos luchan simplemente para decirle al mundo que alguien estuvo allí. En el campo de batalla.”- sentencia el joven arquero.

Blue no sonríe esta vez. Solo lo observa. Hay algo en esa frase que no puede desactivar con sarcasmo.

-”Profundo.”- murmura finalmente. -”Y absolutamente inútil.”-

Se gira y se encamina hacia la puerta.

Saetta queda solo. Suspendido. Herido. Silencioso.

Pero su sombra aún se proyecta, firme, sobre la pared húmeda. 

viernes, 26 de septiembre de 2025

Bitácora Roja. Parte XVI - La decepción de una madre:

 

Bitácora Roja. Parte XVI - La decepción de una madre:


“Significa que dejarán de ser una decepción.”

El cielo estaba teñido de un gris opaco cuando la familia abordó el coche. La atmósfera dentro del vehículo era tensa; el motor rugía suavemente mientras los hermanos Idasa e Ikose miraban por la ventana, cada uno perdido en sus pensamientos. Ikose, con su mullet castaño despeinado, apretaba los dientes y tamborileaba los dedos contra la ventanilla empañada. Idasa, el mayor, cruzaba los brazos, su mullet rubio cayendo sobre sus hombros rígidos. A pesar de sus diferencias, ambos compartían el peso de la misma carga: el descontento de sus padres.

En el asiento delantero, Vodka ajustaba su sombrero verde con un ademán mecánico. Su traje perfectamente planchado contrastaba con el sudor que perlaba su frente. A su lado, Isada, con su vestido rosa y su collar de perlas, movía los labios pintados con un tono coral intenso, criticando a sus hijos con la frialdad de quien oculta una insatisfacción profunda.

-“Si tan solo hubieran ganado ese torneo... pero no, tuvieron que perder contra ese gordo alumno del campeón.”- dijo Isada, acomodándose las gafas de sol caras que reflejaban su desprecio. “Y hace años que me hacen sufrir, ¿cómo es posible que esos niños sean mejores? ¡Qué humillación!”-

-“Isada, ya basta.”- murmuró Vodka, sin apartar los ojos del camino. -“Conozco a alguien que podría ayudarlos. Pero no estoy seguro de que sea lo correcto.”-

-“¿Lo correcto? Lo correcto sería que estos dos dejaran de ser una decepción.”- respondió Isada con un tono cortante. -“Llévanos al muelle. No hay lugar para dudas.”-

La familia, a bordo de una embarcación lujosa viaja a través de aguas tranquilas hacia una isla privada. Al llegar, el aroma salado del océano es reemplazado por un aire denso y cargado, como si la isla estuviera envuelta en secretos. En el muelle, un hombre bajo y robusto, vestido con un traje negro impecable, los esperaba. Su cabello recogido en una coleta trenzada adornada con un moño contrastaba con su expresión engreída y calculadora.

-“¡Vodka, viejo amigo! Bienvenidos a mi humilde morada.”- dijo el Barón Jagger, abriendo los brazos como si abrazara toda la isla.

-“Barón Jagger.”- respondió Vodka, estrechándole la mano con una sonrisa tensa. -“Gracias por recibirnos.”-

Jagger echó un vistazo a la familia, deteniéndose en Isada por un momento más largo del necesario.

-“Ah, Isada, tan radiante como siempre. Y estos deben ser tus hijos... los futuros campeones, ¿cierto?”- sonríe con malicia.

Isada soltó una risa forzada.

-“Eso espero, Barón. Pero para eso estamos aquí.”- dice con recelo.

Dentro de la mansión del Barón, decorada con mármoles brillantes y retratos de sí mismo en poses pomposas, Vodka y Jagger se sentaron en un salón privado. Una mesa de caoba los separaba, y una lámpara de araña iluminaba sus rostros contrastantes: uno nervioso, el otro completamente confiado.

-“El ejército está fragmentado.”- comenzó Jagger, sirviéndose un brandy. -“Pero aún tenemos recursos. Yo, como su principal benefactor, muevo los hilos tanto en la farmacéutica Magenta como en los negocios más... discretos. Si quieres que tus hijos sean más fuertes, Vodka, puedo hacer que eso suceda. Pero tendrá un precio.”-

-“¿Qué tipo de precio?”- preguntó Vodka, inclinándose hacia adelante.

-“Todo. Tu dinero, tus operaciones ilegales, y algo aún más valioso: la lealtad eterna de tu familia.”- Jagger sonrió con superioridad, tomando un sorbo de su copa.

Vodka apretó los puños, pero antes de que pudiera responder, Isada intervino.

-“Aceptamos.”- respondiendo sin un ápice de duda.

-“¿Isada, estás loca?”- Vodka se volvió hacia ella, incrédulo.

-“Tus dudas nos han traído hasta aquí, Vodka.”- espetó Isada. -“Si esto asegura que nuestros hijos sean invencibles, no me importa el precio.”-


Mientras tanto, Idasa e Ikose pasearon por las instalaciones, aún sin entender del todo lo que sucedía. La isla era un lugar extraño, casi irreal. Pasaron por una jaula donde un tigre albino descansaba, sus ojos fijos en ellos con un brillo inquietante. Más adelante, llegaron a una arena de combate donde soldados entrenaban en peleas cuerpo a cuerpo, mientras otros disparaban con precisión a blancos móviles.

-“Esto es... impresionante.”- murmura Ikose, aunque su tono tenía un deje de inquietud.

-“Impresionante y perturbador.” responde su hermano mayor. “No sé qué planean mamá y papá, pero no me gusta.”-

Al final del recorrido, un laboratorio que parece salido de una película de ciencia ficción. Pantallas parpadean con datos incomprensibles, y recipientes de vidrio con fluidos burbujeantes. El aire huele a químicos y metal caliente. Un escalofrío recorrió a los hermanos cuando sus padres aparecieron detrás de ellos.

-“Les tenemos una sorpresa.”- exclama Isada con una sonrisa que no llegó a sus ojos. -“Van a someterse a un procedimiento que los hará invencibles.”-

-“¿Invencibles?” repitió Ikose, frunciendo el ceño. -“¿Qué significa eso?”-

-“Significa que dejarán de ser una decepción.”- dice Isada, con su tono afilado. -“Hemos hecho un gran sacrificio para traerlos aquí. No me digan que van a desperdiciar esta oportunidad.”-

Vodka evita la mirada de sus hijos, sin atreverse a mirarlos.

-“Tal vez... no deberíamos forzarlos.”- murmura el padre.

-“¡No seas débil, Vodka!”- grita Isada. -“¡Nuestros hijos serán los mejores, cueste lo que cueste!”-


Horas más tarde, vestidos con batas blancas, Ikose e Idasa se recuestan en camillas de acero frío. La sala de operaciones se encuentra iluminada por luces blancas cegadoras. Frente a ellos, una mujer de cabello negro largo, impecablemente maquillada, sonríe con profesionalismo.

-“Soy la doctora Nain.”- se presenta con voz suave pero firme. -“El procedimiento no debería causarles dolor físico, pero... les pido que confíen en mí.”-

Los hermanos intercambiaron miradas nerviosas. Nain ajusta una jeringa con líquido translúcido mientras Jagger explica a Isada y Vodka lo que estaban a punto de hacer.

-“Estamos replicando los experimentos de la antigua Red Ribbon. Sus hijos serán los primeros humanos que sometamos a esta transformación. La doctora Nain ha creado seres a partir de restos biológicos, pero este es su primer intento con humanos. Si esto funciona, serán indestructibles.”- comenta Jagger, sin ningún tipo de reparo.

Vodka tragó saliva, inseguro. Isada, en cambio, solo se sentía emocionada.

La doctora Nain inyectó el líquido en cada uno de los hermanos. Ikose cerró los ojos, mientras Idasa apretaba los dientes, intentando contener el miedo. El aire en la sala parecía más denso.

En el fondo, Isada sonríe con satisfacción, mientras Vodka comienza a comprender que ha cruzado un punto sin retorno.


Ikose se encuentra flotando en la oscuridad absoluta. No siente su cuerpo, solo un peso aplastante en su mente. De pronto, las voces lo rodean, como ecos resonando en un abismo.

-”Eres un fracaso, Ikose.”- la voz de su madre, Isada, es cortante y cruel, cada palabra una daga. -”No sirves para nada.”-

Unas carcajadas juveniles interrumpen, y Goten aparece frente a él, un espectro formado de recuerdos. El joven guerrero se burla con su tono alegre:

-”¿Esto es lo mejor que tienes?”- dice mientras bloquea el puño de Ikose con un solo dedo. -”No vales ni mi tiempo.”-

Detrás de ellos, el público del torneo grita su derrota. La voz del anunciador retumba: "¡Ikose está fuera! ¡Un golpe y no puede continuar!"

En su mente, todo ese rencor toma forma. Goten, la personificación de su fracaso, se vuelve su enemigo tangible. Con un grito de furia, Ikose se lanza contra él. Sus golpes chocan en una coreografía brutal: patadas rápidas, ganchos precisos, esquivas milimétricas. Pero Goten siempre se burla, siempre parece un paso adelante. La pelea no es física, sino una lucha contra su propio odio.

En otro rincón de la oscuridad, Idasa vive su propio tormento. Las palabras crueles de su madre son reemplazadas por las risas de Trunks. El joven guerrero de cabello lila se burla mientras derrota a Idasa con movimientos elegantes y devastadores.

-”¿Pensabas que tenías una oportunidad?”- se mofa Trunks. -”No eres nada comparado conmigo.”-

Idasa grita, sus ataques desesperados golpean el vacío. El combate es tan feroz como inútil, cada golpe es una manifestación de su dolor.


Mientras tanto, en el despacho del Barón Jagger, el ambiente es tenso. Frente a él está el maestro Grulla, un anciano de mirada fría y calculadora, habla con tono autoritario:

-”Necesito esos androides, Jagger. Serán la base de mi nueva escuela, el futuro de las artes marciales para asesinos. Los niños deben verlos y aspirar a superarlos.”- comenta su idea el anciano.

Jagger, sentado en su lujosa silla, cruza las manos.

-”No estoy interesado en tus proyectos, Grulla.”- responde con fingida calma. -”Mis recursos no son para tus caprichos.”-

El maestro frunce el ceño, su tono se vuelve cortante.

-”Me lo deben. Por la muerte de mi hermano.”- espeta el artista marcial.

-”Esa no fue mi Red Ribbon.”- retruca el hombrecito.

-”No me importa de quién sea.”- responde el viejo. -”Fue la Red Ribbon y ya.”-

Jagger, con una sonrisa falsa, presiona discretamente un botón bajo su escritorio. En segundos, ocho soldados irrumpen en la oficina, armados con palos y cuchillos.

-”Si realmente necesitas algo, quizá puedas demostrar tu valía primero.”- sonríe maliciosamente.

El viejo grulla sonríe con desdén y toma posición de combate. Los soldados avanzan, pero el maestro los enfrenta con una precisión impecable.

El primero ataca con un palo, pero Grulla lo desarma con un golpe directo al codo, seguido de una patada al pecho que lo deja inconsciente. Dos más avanzan juntos, pero el viejo esquiva sus movimientos sincronizados con agilidad. Con un giro del bastón robado, rompe la rodilla de uno y propina un golpe ascendente al mentón del otro.

Un cuarto soldado intenta apuñalarlo con un cuchillo. Grulla desvía el ataque con su bastón y responde con un rápido barrido a los pies, dejando al hombre caer de espaldas. Los cuatro restantes vacilan, pero Grulla los derriba con una combinación de golpes y movimientos fluidos, hasta que todos yacen inmóviles.

Jagger, aterrorizado, retrocede en su silla.

-”Está bien... ¡Está bien!”- grita con desesperación. -”Tendrás tus robots en cuanto estén listos.”-

Grulla sonríe con frialdad y abandona la oficina sin mirar atrás.


En el laboratorio, Isada y Vodka observan el procedimiento desde detrás de un vidrio. La doctora Nain está al límite, su frente perlada de sudor. Sus manos tiemblan mientras opera sobre los cuerpos de Ikose e Idasa, que yacen inconscientes en las camillas. Isada, impaciente, golpea el cristal.

-”¡Asegúrate de que funcione!”- grita con desesperación. -”¡No puedes fallar!”-

Vodka, en cambio, guarda silencio, su rostro refleja dudas y miedo.

Dentro de sus mentes, Ikose e Idasa siguen luchando. Ikose escucha, de pronto, una voz distinta: la de su padre.

-”Vamos, hijo. No te rindas.”- Su tono es cálido, casi desconocido para él.

Otra voz se une, su hermano.

-”Tú puedes, Ikose. Demuéstrales lo que vales.”-

Las palabras se convierten en un torrente de fuerza. Ikose lanza un último golpe contra el Goten imaginario, destruyéndolo en un estallido de luz.


Horas después, Ikose despierta. Su cuerpo se siente pesado, pero diferente. Cuando abre los ojos, ve a su padre, quien lo abraza con fuerza.

-”Hijo, estás bien... estás bien.”- dice Vodka, su voz temblorosa.

Pero el llanto desgarrador de Isada llena el aire. Ikose la busca con la mirada y nota que está arrodillada junto a una camilla vacía.

-”¿Dónde está Idasa?”- pregunta, aunque ya teme la respuesta.

Vodka niega con la cabeza, sin decir palabra.


En la oficina de Jagger, la doctora Nain está derrumbada en una silla. Sus ojos están rojos de tanto llorar.

-”Fracasé…”- susurra, con las manos cubriendo su rostro. -”No debí hacerlo…”-

Jagger la observa con indiferencia, bebiéndose un trago.

-”No importa. Ahora céntrate en los androides que pidió Grulla.”- le escupe.

Nain alza la mirada, llena de ira y dolor.

-”No. Esto... esto fue demasiado. No puedo seguir.”- solloza ella.

El barón exhala con calma antes de responder.

-”No tienes opción, doctora. Si no cumples, no tendrás otra oportunidad de redimirte. O de seguir viva.”- la reprende.

Nain cierra los ojos, derrotada.

-”Está bien... empezaré mañana.”- responde sorbiendo sus mocos.

Jagger sonríe, satisfecho.


Meses han pasado desde aquel fatídico experimento. En una arena iluminada por reflectores, Ikose lucha con intensidad contra un grupo de pequeñas criaturas azules con aspecto de planta, similares a humanoides vegetales. Las criaturas se mueven con rapidez, rodeándolo en un intento por desbordarlo. Sin embargo, su velocidad y fuerza superan cualquier límite humano, sus movimientos son precisos y devastadores. Cada golpe suyo destruye a una de las criaturas en un estallido de savia azulada.

En el palco, Vodka y el barón Jagger observan desde sus asientos. A su alrededor, los soldados murmuran, asombrados por el desempeño del joven.

-”Es impresionante.”- Jagger sonríe, satisfecho, mientras cruza los brazos. -”Parece que finalmente hemos creado algo digno de nuestras ambiciones.”-

Vodka, en cambio, se mantiene en silencio. Aunque intenta ocultarlo, su expresión refleja una mezcla de orgullo y remordimiento. Sus ojos no se apartan de Ikose, quien lanza el último golpe contra la criatura final, reduciéndola a un charco de líquido brillante.

El joven mira hacia el palco, esperando aprobación. Jagger aplaude lentamente, mientras Vodka simplemente asiente, incapaz de hablar.


En lo profundo de un bosque denso, el maestro Grulla aguarda junto a un pequeño grupo de discípulos. Las hojas crujen bajo sus pies mientras observa a la doctora Nain, quien llega acompañada por dos figuras imponentes: los bautizados Xu Fan y Gotei.

El primero es una figura intimidante, de piel grisácea y musculatura descomunal. El segundo, en contraste, es más pequeño y delgado, con una piel violeta.

El maestro observa a ambos androides con detenimiento. Da un par de pasos hacia adelante y recorre sus miradas.

-”Perfectos.”- dice con una sonrisa calculadora. -”Justo lo que esperaba.”-


Esa noche, la doctora Nain regresa a su habitación en las instalaciones del laboratorio. El espacio es frío, clínico, con apenas una cama y un escritorio desordenado. Se sienta en el borde de la cama y abre una pequeña caja metálica que contiene una sola pastilla blanca. La sostiene entre sus dedos temblorosos, contemplándola durante largos segundos. Ella se recuesta, dejando escapar un suspiro profundo, mientras cierra los ojos.

Orgullo de Mifan - Tercer Canto:

  Abran bien los ojos, porque lo que la historia amansa, el mito lo devuelve a su estado salvaje. Tras la paz de los Juegos, Mifan prosperó,...