Bitácora Roja. Parte I - Dos mundos, un encuentro:
“Debe ser agradable tener una familia que se preocupe por ti.”
El sol está en lo alto, implacable, derramando su fuego sobre Vermilion Hills. En la vasta hacienda, los esclavos trabajan sin descanso. Sus figuras ennegrecidas por el sudor y el polvo se mueven al ritmo de los gritos de los capataces. Desde la ventana de su habitación en el piso superior de la mansión, Red observa con los brazos cruzados, un gesto de desdén en su rostro.
A sus dieciocho años, Red es un muchacho de complexión robusta y una estatura que constantemente se convierte en objeto de burlas. Su cabello rojo brillante, siempre cuidadosamente peinado, parece ser lo único que lo hace destacar en un mundo que él percibe como hostil. Viste con elegancia, luciendo prendas que lo separan claramente de los trabajadores que observa desde las alturas.
-“¡Red!”- la voz grave de Vermilion, su padre, retumba por los pasillos. Red da un salto y frunce el ceño. -“¡Deja de perder el tiempo y baja! Hay cosas más importantes que tus tontas miradas al vacío.”-
Con un suspiro, Red baja las escaleras y encuentra a su padre en el comedor. Vermilion está sentado en la cabecera de la mesa, bebiendo whisky a pesar de que apenas es mediodía.
-“Quiero que vayas a inspeccionar los campos.”- le escupe, apoyando su vaso en la mesa. -”Algunos esclavos han estado holgazaneando, según me han dicho. Es hora de que aprendas a poner orden.”-
-“No soy un capataz, padre”- responde Red con frialdad.
Pero Vermilion lo corta con un gesto de la mano.
-“No, pero algún día este lugar será tuyo.”- le responde, clavando su mirada. -”Si no puedes controlar a un puñado de esclavos, jamás controlarás nada.”-
Sin más opción, Red toma su sombrero y su rifle, y sale al campo. Allí, entre el calor y el polvo, encuentra a un esclavo trabajando.
Él es apenas un niño, un preadolescente que, a pesar de su corta edad, tiene un cuerpo marcado por años de trabajo duro y castigos. Su piel oscura está cubierta de cicatrices, algunas recientes, otras viejas, pero ninguna ha logrado borrar la luz de sus ojos. Mientras carga un saco de algodón, sus manos tiemblan, pero su determinación lo mantiene en pie.
Red lo observa desde la distancia. Hay algo en el muchacho que le llama la atención. Quizás sea la manera en que, a pesar de su evidente debilidad, sigue adelante. O tal vez es simplemente el hecho de que es el único esclavo que no baja la mirada cuando lo ve.
-“Tú”- dice Red, señalándole. El niño se detiene, confundido. -“¿Qué estás mirando?”-
-“Nada, amo.”- responde con rapidez, pero su tono carece de sumisión.
-“Me gusta tu actitud.”- Red sonríe. -”¿Cuál es tu nombre?”-
-“Kuro, amo.”- dice el niño.
-“Pues bien, Kuro, hoy serás mi sombra.”- sonríe el hijo del jefe. -”Voy a cazar y necesito un acompañante. Tú pareces lo suficientemente fuerte para cargar mi presa.”-
Kuro duda por un momento, pero asiente.
Mientras caminan hacia el bosque cercano, el contraste entre los dos se hace evidente. Red, vestido con ropa limpia y botas de cuero, camina erguido, con un aire de superioridad. Kuro, en cambio, lleva ropa harapienta y camina con pasos medidos, siempre manteniendo una distancia prudente.
-“¿Siempre trabajas tan duro?”- pregunta Red, rompiendo el silencio.
-“No hay otra opción, amo”- responde Kuro.
-“Hmpf, debe ser aburrido.”- Red guarda silencio por un momento antes de añadir. -“Debo admitir que es admirable. Yo no podría hacer lo que tú haces.”-
Kuro lo mira de reojo, sorprendido.
-“¿Admirable, amo?”- pregunta con sorpresa.
-“Sí, pero no te lo tomes como un cumplido. Sólo digo que tienes la suerte de tener un propósito claro.”- responde Red con un ademán que busca restar importancia a la conversación. -”Yo, en cambio, estoy atrapado en este pueblo con un padre que no hace más que menospreciarme. Tú al menos no tienes que lidiar con eso.”-
Kuro no responde. No está seguro de cómo reaccionar ante las palabras de su amo, pero algo en el tono de Red le parece sincero.
Una vez en el bosque, Red saca su rifle de caza. Señala un claro donde un par de conejos saltan despreocupados.
-“Mira y aprende, Kuro. Así es como se caza.”- dice mientras carga su arma.
Apunta, dispara y falla. El conejo desaparece en un parpadeo.
-“¡Maldición!”- grita Red, pateando el suelo. Kuro intenta contener una sonrisa, pero no lo logra.
-“¿Te parece gracioso?”- exige Red, volteándose hacia él.
Kuro niega con rapidez, pero Red se detiene y, para sorpresa del joven esclavo, comienza a reír.
-“Supongo que lo es. Ven, vamos a intentarlo de nuevo.”- dice con una sonrisa.
Pasan horas en el bosque. Red falla varios disparos más antes de finalmente cazar algo, y Kuro demuestra una habilidad inesperada para seguir rastros. A medida que avanza el día, las barreras entre ellos comienzan a desmoronarse.
En un momento de descanso, Red se sienta bajo un árbol y mira a Kuro.
-“¿Cómo es tu familia?”- pregunta sin rodeos.
Kuro duda antes de responder.
-“Somos muchos. Mis padres y cinco hermanos menores.”- dice el esclavo, usando sus dedos para contar. -”Mis padres siempre tratan de cuidarnos, pero… no es fácil. Mis hermanos pequeños no entienden por qué vivimos así.”-
Red asiente, pensativo.
-“Debe ser agradable tener una familia que se preocupe por ti.”- dice. -”Mi padre sólo se preocupa por su fortuna.”-
Kuro no sabe qué decir. La idea de que alguien como Red pueda sentirse solo es difícil de comprender.
Al regresar a la hacienda, el sol ya se está poniendo. Red camina más cerca de Kuro que al inicio del día, y aunque no lo admita, se siente menos solo.
En el camino de vuelta, Red le dice en tono casual.
-“A partir de ahora, tú me acompañaras cuando lo ordene.”- exige el hijo del terrateniente. -”Pero no como un esclavo cualquiera. Quiero a alguien que no me mire como si fuera intocable. ¿Entendido?”-
-“Sí, amo.”- Kuro asiente.
Red se detiene y frunce el ceño.
-“No me llames amo.”- se queja. -”Al menos no cuando estamos solos.”-
-“Como usted diga, señor Red.”- sonríe débilmente.
Y así, en ese día caluroso y lleno de errores de caza, nace una amistad inesperada. Una amistad marcada por la diferencia de poder, pero también por un extraño respeto mutuo. Una amistad que, aunque inocente en su inicio, está destinada a cambiar sus vidas para siempre.
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