miércoles, 29 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Sexto Canto:

Y llegamos al canto del eclipse, aquel que los poetas evitan cantar en las bodas porque su eco arrastra el frío de las tumbas. El héroe ya no caminaba, volaba sobre el vellocino de oro que el dragón le otorgara, pero ni siquiera la gran Nube Kinton podía ir más rápido que el presentimiento de la tragedia.


Sexto Canto: Las Ruinas de Mifan y el Trono de las Nubes:

Cuentan que cuando Olibu, el de los Ojos Violeta, divisó el horizonte de su hogar luego de un largo viaje, no vio el brillo del mármol, sino una columna de humo negro que hería el cielo. Al arribar, sus pies se hundieron en la ceniza de lo que fue la joya del mundo temprano. Mifan había caído. No por un ejército de hombres, sino por una furia surgida del abismo, el Kraken, una bestia de mil tentáculos y odio antiguo, que había reclamado la ciudad como su festín.

Entre los escombros encontró el silencio. Allí yacía con el arco roto entre las manos, Thyris, la de las Flechas Gemelas. El grito de Olibu no fue de hombre, sino de tierra que se quiebra. Desesperado, el de los Ojos Violeta voló hacia las fauces del mundo, allí donde el aire quema y los suspiros se vuelven piedra: las estancias del Hades.

Frente al calor del horno eterno, Olibu desafió a la sombra. No pidió oro ni poder, pidió tiempo. La fuerza que custodia el umbral, conmovida por la pureza de aquel que cargaba el fuego en sus venas, le permitió un último milagro. Dicen que por una breve hora, el velo entre los mundos se volvió transparente. Olibu pudo estrechar de nuevo la mano de Klyron y besar la frente de Thyris. No hubo palabras de reproche, solo la paz de los que han cumplido su deber.

"Ve, Olibu," dicen que susurró la sombra de su esposa. "Tu historia no termina en las cenizas, sino en las nubes."

Pero Olibu no buscaba solo consuelo, buscaba respuestas. Guiado por una voluntad que asustaba a los propios demonios, ordenó a la Nube Kinton ascender más allá de donde las águilas se atreven. Subió por la columna de piedra que la tribu de Kommanche custodiaba, hasta que el cielo se volvió púrpura y el aire, sagrado.

Allí, en un palacio que flotaba sobre el mundo, conoció a Zeus, el Dios de la Tierra, un anciano de ojos profundos como pozos de sabiduría.

"¿Por qué el cielo calla mientras la tierra grita?", preguntó Olibu, cuya estatura ahora igualaba la de las columnas del templo.

El debate duró siete días. Zeus le habló de la libertad de los hombres y de la responsabilidad de los dioses de no ser tiranos de la voluntad mortal. "Si yo detengo cada tormenta," dijo el Dios, "los hombres nunca aprenderán a construir techos. Tú, Olibu, eres la prueba de que el hombre puede superarse sin el permiso del cielo."

Impresionado por la pureza del titán, Zeus le ofreció el Trono del Palacio.

"Has visto el fin de todo lo que amabas," dijo Zeus, cuya voz era como el eco en una cueva profunda. "Este mundo ya es pequeño para tus hombros. Toma mi lugar. Sé el Dios que vigila desde la altura, y olvida el dolor de ser mortal."

Pero Olibu, mirando hacia abajo, hacia las cenizas de Mifan, negó con la cabeza. "Un Dios es una estatua que no puede llorar," respondió el héroe. "Prefiero ser un hombre que protege el suelo que pisa, aunque ese suelo sea mi tumba."

Rechazó la divinidad y descendió como un rayo de amatista. El Kraken, sintiendo el regreso del guerrero, emergió de las aguas de Mifan una vez más, una masa de carne pútrida rugiendo con el hambre de los siglos. No fue una batalla de gloria, fue un acto de deber. Olibu no usó armas; se lanzó al agua y luchó contra la bestia en su propio elemento. Sus manos, que habían sostenido el fuego del Hades, desgarraron los tentáculos que asfixiaban a Mifan.

No hubo odio en sus ojos violeta, solo la triste determinación del protector. Cuando el Kraken se hundió para siempre en el olvido, Olibu salió del mar cargando el peso de un mundo que ya no era el mismo. La Mifan en la que había vivido estaba muerta, pero el suelo sobre el que caminaba volvía a ser seguro para los que vendrían después.

El héroe se sentó entre las ruinas, esperando que el tiempo hiciera su trabajo, y él estaría ahí, firme.


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