viernes, 3 de abril de 2026

Orgullo de Mifan - Primer Canto:

Acerquen sus sillas al fuego, pues la memoria de los hombres es corta y solo el canto puede preservar lo que el tiempo intenta borrar. Antes de que las ciudades fueran de metal y los cielos se llenaran de máquinas, existió el Imperio Mifan, una tierra de mármol y trigo custodiada por gente que caminaban como dioses.

Esta es la primera de las siete verdades de Olibu, el de los Ojos Violeta, aquel que aún no era una montaña de músculos, sino un joven cuya lanza pesaba menos que su sentido del deber.


Primer Canto: El Bronce de Mifan y la Caída de Dorymedon:

En aquel tiempo, el horizonte de Mifan se tiñó del polvo que levantaban las sandalias de diez mil hombres y mujeres. El General Dorymedon, un hombre que parecía tallado en un roble nudoso y cuya barba escondía cicatrices de cuarenta inviernos, avanzaba con su armadura dorada reclamando la tierra para el olvido. Su paso era lento, pues no tenía cuello que girar, solo una voluntad ciega y un mandoble que partía escudos como si fueran de papiro.

Traía consigo el peso de los imperios caídos y el olor del metal sobrecalentado. Su ejército, una serpiente de hierro que serpenteaba los valles, no buscaba justicia, sino el silencio de los que se atreven a existir. Dorymedon no miraba a los lados, pues para el depredador el mundo es solo una línea recta hacia su presa.

Frente a él, en el desfiladero de los Olivos, se alzaba la resistencia. Allí estaba Olibu, el de los Ojos Violeta, con su cabello rubio ondeando como el trigo antes de la siega y sus extraños ojos fijos en el acero enemigo. A su lado, Klyron, el de la Nariz Quebrada, su hermano de sangre y armas, sostenía el hoplon con la firmeza del que sabe que su vida depende del hombro de su amigo.

Más atrás, como sombras blancas entre la maleza, se encontraban las hermanas Thyris y Lyris, las de las Flechas Gemelas, cuyos ojos azules veían el vuelo de un mosquito a cien pasos. Y sobre todos ellos, silueteado contra el sol, se erguía Gyumóteles, la Colina que Camina. Sus músculos, demasiado vastos para el bronce, estaban envueltos en cuero, y su hacha de doble filo brillaba con la inocencia de quien no conoce su propia fuerza.

Eran pocos, una mota de polvo frente a la tormenta de oro que se avecinaba. Pero en el desfiladero, el viento parecía susurrar sus nombres, y las raíces de los olivos se aferraban a sus pies como dándoles la fuerza de la tierra misma. El aire se volvió pesado, eléctrico, justo antes de que el primer grito rompiera la quietud del mediodía.

"No miren al sol," dicen que dijo Olibu a sus compañeros, "miren el brillo de nuestro propio valor, pues hoy el bronce de Mifan escribirá su nombre en la tierra."

La batalla no fue un cruce de aceros, fue un poema de sangre. El General Dorymedon avanzó como una marea, su espada mandoble segando lanzas. Pero Olibu no retrocedió. Mientras Klyron cubría su flanco izquierdo y las gemelas sembraban de astiles emplumados la vanguardia enemiga, Gyumóteles rugió con una voz que hizo temblar las hojas de los olivos, abriendo una brecha en las filas doradas con un solo barrido de su hacha monumental.

Los gritos se mezclaban con el crujir de los huesos y el tañido del metal. Las flechas de las gemelas eran como hilos de plata que cosían el destino de los invasores, y cada golpe de Gyumóteles resonaba como un trueno en una tarde despejada. En el centro del caos, Olibu se movía con una gracia que desafiaba la carnicería, esperando el momento que el destino le había reservado.

Fue entonces cuando Olibu y Dorymedon se encontraron. El general rió, una risa seca como madera vieja, al ver al joven de melena rubia. El mandoble descendió con el peso de una montaña, pero Olibu, el de los Ojos Violeta, giró sobre su eje, dejando que el acero besara solo el aire.

Con un movimiento que los poetas luego llamarían divino, Olibu hundió su lanza de bronce en la juntura de la armadura dorada. Dorymedon cayó, y con él, el ánimo de su ejército. No hubo celebración inmediata, solo el silencio de los campos de Mifan y el sonido de la respiración agitada de cinco amigos que, sin saberlo, acababan de fundar una era.

El gigante de oro quedó tendido, su armadura ahora una cárcel de metal inerte. Los diez mil, al ver a su ídolo derribado por un muchacho de mirada púrpura, retrocedieron como las aguas de una inundación que encuentra su fin. El polvo comenzó a asentarse, revelando la carnicería, pero también la luz de un nuevo amanecer que nacía del agotamiento de los héroes.

Así fue como Olibu se consolidó como héroe: no por el deseo de matar, sino por la fuerza de proteger lo que amaba bajo el cielo de Mifan.


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