viernes, 8 de agosto de 2025

Bitácora Roja. Parte IV - Los hermanos sean unidos:

 

Bitácora Roja. Parte IV - Los hermanos sean unidos:


“Ahora quiero quedarme un tiempo.”

-”¿Eres fuerte?”- pregunta una voz chillona.

Tao Pai Pai abre los ojos.

Está de pie en un campo sin cielo. No hay suelo, pero se sostiene. No hay horizonte, pero hay algo más adelante. Flotando frente a él, suspendido en una nada rojiza, está Goku.

Un niño, con el bastón extendido sonríe. Esa sonrisa de bestia inocente. Tao siente una punzada detrás del ojo izquierdo. La rabia no le brota, lo envenena.

-”¡Te maté!”- grita el mercenario.

-”No.”- dice el eco del niño. -”Tu te mataste.”-

Tao Pai Pai se lanza al frente. Intenta golpearlo, pero su brazo ya no está. Solo un vacío de muñón, del que brotan cables en lugar de tendones.

Goku ríe.


Tao Pai Pai despierta.

Su brazo derecho está hecho de acero pulido. Pesado, sin esfuerzo. El pecho, reforzado con placas biomecánicas. Su brazo izquierdo, también mecánico, emite un zumbido tenue cada vez que se mueve.

Frente a él, tres científicos. Uniformes grises. Caras aterradas.

-”¡Está despierto!”- grita horrorizado uno de ellos. -”Activen el…”-

Pero no termina de hablar. Tao atraviesa su pecho con su brazo metálico. Lo levanta en el aire y lo lanza contra la consola.

Los otros dos corren. Pero Tao toma los bisturís sobre una mesita junto a la camilla donde él estaba. De un solo movimiento, los arroja a la cabeza de un científico, apagando su vida al instante.

El tercero tropieza.

El asesino lo pisa, y lo hunde contra el suelo.

Mira su mano nueva. Flexiona los dedos. Suelta un sonido entre carcajada y gruñido.

-”Perfecto.”- sonríe.

Alarma roja. Luces parpadeantes. El sistema aún funciona, aunque oxidado.

Docenas de soldados bloquean la salida del laboratorio. Uniformes marrones y armados con pistolas.

Una orden retumba en los intercomunicadores:

-”Objetivo vivo. Exterminación total autorizada.”- se escucha por todo la sala. -”No permitan que salga. Repito: ¡no dejen que salga!”-

Tao camina por el pasillo, envuelto en sombras. Los soldados apuntan y disparan.

El asesino robótico salta hacia la pared, corre por ella, cae sobre dos soldados, les parte las cabezas contra el suelo con un solo golpe.

Otro intenta golpearlo con la culata del rifle. Tao lo atrapa por la mandíbula y lo estampa contra una lámpara colgante. La cabeza cruje. El cuerpo cuelga.

Un soldado dispara a quemarropa. Tao desvía el disparo con una mano metálica, lo embiste y lo lanza contra una puerta de metal. Ésta se abolla como papel.

Dos más intentan retroceder. Tao agarra uno por la espalda, lo usa de escudo. Recibe una ráfaga. Lo lanza como proyectil humano al siguiente.

El aire huele a sangre, a sudor, a miedo.

Toma un extintor. Lo lanza al aire. Lo patea como una pelota de fútbol. Impacta en una lámpara. Explosión. Fuego. Caen más soldados.

Silencio momentáneo.

Respira lento. No por fatiga. Por la calma. Por el placer de lo que es.

Tao sale, dejando atrás cadáveres, fuego y escombros. Las luces ya no parpadean. Las alarmas no suenan. Todo es silencio, salvo su respiración.

Frente a él, una proyección holográfica se activa.

El rostro del General White aparece, distorsionado por interferencias.

-”Si ves esto, Tao… entonces funcionó.”- sonríe el militar. -”Bienvenido de nuevo al infierno.”-

Tao observa en silencio. Sus ojos brillan.

White continúa:

-”El Ejército Red Ribbon cayó. Red muerto. Black muerto.”- parece lamentarse la grabación. -”Solo quedamos los que aún creemos en el poder.”-

El holograma se apaga.

Tao suelta una risa seca.


Días más tarde, el cielo está bajo, gris y pesado, como una tapa sobre el mundo. Las coles del huerto se inclinan apenas, húmedas por la neblina. En el aire se mezcla el olor a tierra, metal oxidado y madera vieja.

La casa de Tsuru está en pie, firme y austera. Madera gris sin tratar, tejas musgosas, un huerto de coles al fondo. No hay lujos, ni adornos. Solo lo esencial. Lo funcional. Lo que sobrevive.

Tao Pai Pai está sentado bajo el alero, observando la maleza crecer entre las piedras del sendero. No lleva su uniforme tradicional. Viste ropas limpias, de campesino, pero nada puede disimular lo que es.

Una pala suena a lo lejos.

Tsuru regresa del huerto, con las botas manchadas de barro hasta los tobillos. Carga un canasto con raíces recién arrancadas. Se detiene a unos metros de Tao. Se miran. No sonríen.

-”No pensé que sobrevivieras a esa caída.”- dice Tsuru, sin emoción.

-”No fue la caída lo que me mató.”- responde Tao, escupiendo al costado. -”Fue subestimar a un mocoso.”-

Tsuru deja el canasto sobre una mesa. Comienza a lavar los tubérculos con una jarra. Agua marrón corre por las rendijas.

-”¿Y ahora?”- pregunta el hermano mayor sin mirarlo.

-”Ahora quiero quedarme un tiempo.”- murmura Tao. -”El Ejército ya no existe. Red y Black están muertos. Y tú… aún no estás podrido del todo.”-

Tsuru detiene su lavado. Se le marcan las venas del brazo.

-”El Ejército no existe.”- repite. -”Pero los residuos aún caminan. El General White juega a ser caudillo. Y los que no murieron, huyeron o se vendieron.”-

Tao asiente, con el mentón apenas.

-”¿Y tus estrellas?”- pregunta con ironía. -”¿Ten Shin Han? ¿Chaoz?”-

-”Se fueron hace tiempo. Caminos distintos.”- dice Tsuru con sequedad. -”Ya no les interesa esto. Les basta con la compasión. Y la mediocridad.”-

Silencio.

-”Yo no vine a buscar redención.”- responde Tao, sacudiendo el polvo de sus pantalones.

-”No me lo imaginaba.”- dice Tsuru, volviendo al lavado. -”Pero si te vas a quedar, deberías conocer al muchacho.”-

Tao lo mira de reojo.

-”¿Qué muchacho?”- le pregunta con un leve enojo.

Tsuru deja la jarra. Se seca las manos.

-”Silver. Vino solo, semanas atrás.”- le responde, mirando fijamente a sus ojos rojos. -”Ex-coronel. No llegó como un fugitivo. Llegó como alguien que quiere moldearse de nuevo, desde el hierro.”-

-”¿Y lo aceptaste?”- le increpa.

Tsuru levanta una ceja.

-”Le rompí tres costillas en el primer entrenamiento.”- ríe levemente. -”Volvió al día siguiente.”-

Tao se pone de pie. Estira el cuello.

-”Entonces quizás valga la pena.”- sentencia, crujiendo sus nudillos de metal.


1 comentario:

  1. ¡Nuevo capitulo! Y un salto de tiempo.

    En nuestra historia, vamos a ir y venir varias veces en linea temporal.

    Hoy nos toca ver a Tao y Tsuru, posterior a al caída del Ejercito, y vemos como White parece hacerse cargo de esos remanentes.

    Este es de mis capítulos preferidos, escribir a estos hermanos me hizo mucha ilusión

    ResponderEliminar

Orgullo de Mifan - Tercer Canto:

  Abran bien los ojos, porque lo que la historia amansa, el mito lo devuelve a su estado salvaje. Tras la paz de los Juegos, Mifan prosperó,...