Tómense de las manos, este relato llega a su puerto y el humo se confunde con las nubes. El tiempo, ese escultor que no perdona ni al bronce ni a la voluntad, había tallado en Olibu las arrugas de cien inviernos. Sus ojos violetas, antaño tormentas de amatista, guardaban ahora la paz de un lago al anochecer.
Séptimo Canto: El Último Sol de Mifan y el Paso del Héroe:
Mifan ya no era una fortaleza de guerra como antaño, sino que había renacido como un jardín de sabiduría. En la plaza reconstruida, bajo la sombra del gran olivo, se sentaba el anciano Olibu. A su lado, en un banco de piedra gastada, descansaba Demeon, el de la Toga de Sangre. Aquel rival que una vez disputó su gloria en la arena era ahora el único que recordaba el peso de los escudos y el sabor del polvo de la juventud.
Los alumnos de filosofía se habían marchado ya, dejando a los dos ancianos solos con el largo aliento de la tarde. Olibu miró sus manos, nudosas como raíces de roble, y luego a su viejo amigo.
“El camino ha sido largo, Demeon.” murmuró Olibu con voz de viento entre los juncos. “Mifan está a salvo, y mis hermanos aguardan en el Hades. Siento que mi sombra ya no quiere seguir a mis pies.”
Demeon, apoyado en su bastón, le puso una mano en el hombro. Una despedida sin palabras, un pacto de guerreros que el tiempo no pudo quebrar. “Ve tranquilo, Olibu.” respondió el de la ceja cicatrizada. “Yo me quedaré aquí un poco más, para contarle a los que nazcan mañana que hubo un tiempo en que los titanes caminaban entre nosotros.”
Demeon se levantó con esfuerzo y se alejó por las calles de mármol, dejando a Olibu a solas con el silencio de la plaza.
Fue entonces cuando el aire se volvió sagrado. No hubo rayos ni trompetas. Por el camino de tierra, a pie y con la calma de un viajero que conoce cada recodo del mundo, apareció Zeus. No vestía galas divinas, sino la sencillez de quien ya no tiene nada que demostrar. Se detuvo frente al banco y miró al anciano de ojos violetas con un respeto que los dioses rara vez conceden a los mortales.
“El trono de las nubes sigue vacante, Olibu.” dijo Zeus con una sonrisa tenue. “Pero hoy no vengo a ofrecerte coronas. Vengo a ofrecerte el descanso. Tu labor en el barro ha terminado, y el Más Allá reclama al hombre que fue su columna.”
Olibu se puso en pie. Sus huesos, cargados con la historia de un imperio, se sintieron livianos como el algodón. No hubo miedo en su mirada, solo la curiosidad del navegante que divisa una costa nueva.
“Estoy listo.” dijo el héroe. “Que Mifan recuerde que fui hombre antes que leyenda.”
Zeus asintió y, caminando a la par, ambos se adentraron en el resplandor del sol poniente. A medida que avanzaban, sus figuras se volvieron traslúcidas, fundiéndose con el oro del horizonte hasta desaparecer por completo.
Cuentan que en ese instante, un susurro recorrió las calles de Mifan, y que en lo alto del cielo, la Gran Nube Kinton brilló por un segundo con la intensidad de mil estrellas, saludando el regreso a casa del hijo más grande de la tierra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario