martes, 30 de septiembre de 2025

Bitácora Roja. Parte XVII - ¡Good mourning, Kurocha!:

Bitácora Roja. Parte XVII - ¡Good mourning, Kurocha!:


“Un defensor, no un asesino.”


La humedad del subsuelo rezuma por las grietas del concreto. Es un ambiente sin ventanas, apenas ventilado, apenas iluminado por tubos fluorescentes que parpadean como si les costara seguir vivos. El aire está viciado, excepto por el tenue perfume sintético que deja una estela tras los pasos de quien manda allí.

En el centro de la habitación, encadenado a la pared y al techo por gruesas argollas de acero, se encuentra Saetta.

Su cuerpo está suspendido por las muñecas, apenas tocando el suelo con las puntas de los pies descalzos. Las cadenas se hunden en sus antebrazos vendados, dejando marcas oscuras. Su túnica marrón está desgarrada por varios costados, revelando una piel cubierta de heridas, hematomas y cortes mal cicatrizados. El pañuelo violeta que llevaba al cuello ahora cuelga, manchado, como un trapo de batalla. Su cabello blanco se pega al rostro, ensuciado por la sangre que aún gotea desde la frente. La piel dorada parece más pálida bajo la luz de la sala.

Sus ojos, sin embargo, no han cambiado. Siguen fijos. Ni cerrados ni desenfocados. Abiertos. Firmes. Observando nada… o tal vez recordando todo. Son ojos que ya han visto la muerte muchas veces, y que ahora miran al abismo con una serenidad casi insolente.

A pocos pasos de él, se encuentra el General Blue.

Impecable, como siempre. Su uniforme sin una sola arruga, sus guantes blancos relucientes. Su rostro no delata emoción alguna, pero sus ojos sí. Hay una chispa en ellos, un deleite calculado que convierte el lugar en un escenario y a Saetta en su única audiencia.

Frente a una mesa de metal cuidadosamente ordenada, Blue examina instrumentos. Ganchos quirúrgicos, pinzas de precisión, electrodos, agujas largas como punzones. Los toca con la yema del dedo, los observa bajo la luz artificial como si seleccionara vinos finos para una cena privada. 

La lluvia golpea el techo de concreto con un ritmo hipnótico. Afuera debe haber tormenta, pero aquí abajo solo existe ese cuarto, ese silencio, y la espera.

Blue se detiene frente a un pequeño estilete con mango de cobre. Lo toma con delicadeza. Se gira lentamente hacia Saetta.

Blue camina hacia él. Saetta no se inmuta. La sesión va a comenzar.


36 Horas antes:

Un convoy militar del Ejército Red Ribbon avanza trabajosamente por un sendero abierto a machetazos. Los camiones blindados botan humo negro. Los neumáticos se hunden en el barro, dejando huellas anchas como cráteres.

A bordo de uno de los vehículos viaja el General Blue, con el ceño levemente fruncido por el calor y el hedor. A su lado, en el mismo vehículo, va el Coronel Yellow, un tigre humanoide que masculla una zanahoria como si fuera un habano.

-”No me malinterprete, General.”- dice Yellow con la boca llena. -”Yo me crié en la jungla. Pero esta jungla… esta jungla me quiere comer los pies.”-

-”A ti no te quieren ni en tu escuadrón, Coronel.”- responde Blue, sin mirarlo.

-”No es mi culpa que ronque cómo artillería ligera.”- replica el tigre. -”Lo de anoche fue instinto defensivo.”-

Detrás de ellos, caminando entre el fango, va una escuadra de soldados animales humanoides: una cabra con visor de francotirador, un lagarto artillero, un bisonte con armadura pesada, una conejo delgada de pelaje blanco rosado, y varios más. Sus cascos están salpicados de barro, los uniformes rajados, pero sus miradas son decididas.

Blue los observa desde el retrovisor.

-”Míralos.”- dice con asco. -”Parece una jaula sobre ruedas. Pieles con cerebro de piedra.”-

-”Cerebro o no.”- gruñe Yellow. -”Son más leales que tus chicos.”-

Blue levanta una ceja. No responde. Solo pasa una toallita blanca por su rostro como si el aire de la jungla fuera una ofensa.


En medio de la jungla Kurocha, Saetta observa desde un risco cercano a su pueblo. Silencioso. El viento agita su pañuelo violeta.

Su gente se reúne alrededor. Hombres, mujeres, ancianos, niños. Pocos tienen armas. Algunos solo cargan mochilas con lo esencial.

-”Van a venir.”- dice Saetta sin girarse. -”Y van a venir en números.”-

Camina hasta su choza. Se quita la túnica superior. Se venda los brazos. Toma su arco, cuidadosamente tallado. Examina las flechas. Las puntas, de piedra violácea, envenenadas. Las plumas, perfectamente equilibradas. Su carcaj parece hecho a mano, con cuero curtido por él mismo.

-”Con la selva, no estoy solo.”- sentencia, acomodando su cabello blanco.


Las cadenas chirrían mientras el cuerpo de Saetta se sacude brevemente, forzado por una corriente eléctrica directa al costado. No hay gritos. Solo una exhalación ronca.

El General Blue se detiene. Deja el pequeño control remoto sobre la bandeja quirúrgica con delicadeza. Se quita los guantes, lentamente. Luego, toma una toalla perfumada y se limpia las palmas como si hubiera terminado de cenar.

-”¿Sabes qué me molesta de ti?”- pregunta, mientras camina en círculos. -”No es tu resistencia. No es tu silencio.”-

Se detiene frente a él. Lo observa. Saetta tiene la cabeza caída, el rostro cubierto de sangre y sudor. Pero sus ojos... siguen despiertos. Desafían.

-”Tienes modales. No eres un animal salvaje.”- dice con una media sonrisa. -”Pero aún así, elegiste morir como uno.”-

Saetta levanta la cabeza. Despacio. Lo suficiente para dejarse ver.

-”Y tú… hablas como si no tuvieras alma.”- el muchacho escupe al suelo.

Blue sonríe, fascinado.

-”Tal vez no deberías haberte metido con nosotros.”- inclina el rostro para que el arquero le mire. “Tal vez deberías haber venido por las buenas. Podría haberte mantenido cerca. Entrenarte. Disfrutarte.”-

El arquero no responde. Solo lo mira. Luego, muy bajo, dice:

-”Pertenecer… no es algo que se me antoje.”- murmura. -”Menos si el precio es la piel.”

Blue suspira.

-”No vine por ti, Saetta. Vine por algo que guardas.”- le dice, mientras inserta una aguja en el costado del chico, haciéndolo sufrir. -”¿Sabes de qué hablo?”-

Saetta lo mira. Tiene sangre entre los dientes. Blue lo observa, luego da un paso atrás. Suspira, aburrido.

-”Esto podría haber sido tan placentero.”- dice con los ojos cerrados. -”Tan... íntimo.”-

Se gira, activa su auricular..

-”Coronel Yellow.”- dice, con voz serena. -”Él no hablará. Pero ya lo tengo.”-

La voz de Yellow suena por el comunicador, con estática y entusiasmo:

-”¡Ya me estaba aburriendo, General!”- espeta el tigre.

Blue apaga el comunicador. Vuelve a mirar a Saetta.

Saetta cierra los ojos, una gota de sangre cae al suelo.



30 Horas antes:

Los árboles no se mueven, pero todo está vivo.

Las hojas son tan densas que apagan el sol. La humedad no cae: se pega a la piel, como si la jungla quisiera tragarse a los intrusos. Los soldados avanzan en formación cerrada, rodeando el perímetro del asentamiento abandonado. La tierra está blanda. El aire, espeso.

-”¿Por qué están todos tan callados?”- pregunta el soldado lagarto desde el fondo.

Una cuerda se activa.

Un tronco cubierto de púas cae desde arriba, partiéndole el cráneo al primer soldado como una sandía. El golpe es seco.

-”¡Emboscada!”- grita el bisonte.

Pero ya es tarde.

Una trampa se dispara desde el suelo, lanzando estacas en todas direcciones. La conejo antropomórfica cae con el pecho perforado. Otro, una tortuga, intenta cubrirse, pero pisa una placa falsa y queda colgado por el cuello.

Desde lo alto de un árbol, Saetta suelta una flecha.

Impacta en el hombro de una cabra con visor. La envenena al instante. El cuerpo cae sin vida, convulsionando.

-”¡Lo vi! ¡Está en los árboles!”- grita uno de los sobrevivientes, una pantera.

Disparan hacia la copa. Las balas cortan hojas, ramas, pero no lo tocan. Saetta ya no está ahí.

Otra flecha. Otro cuerpo.

Yellow, en el centro del caos, grita mientras retrocede:

-”¡¿Qué es esto, un cuento de hadas mal parido?!”- dice asustado -”¡Nos está matando con palitos y cuerdas, maldita sea!”-

-”Trampas artesanales. Precisas. Silenciosas.”- Blue camina entre los cadáveres sin perder la compostura. -”Casi admirables. Si no fueran tan... primitivas.”-

El General se detiene. Su traje está impoluto.

Una sombra se desliza entre los árboles. Un silbido agudo. Otra flecha.

Blue la intercepta con un movimiento limpio, gira su muñeca y atrapa el proyectil en el aire. Observa la punta envenenada.

-”Curiosa elección de veneno. Lento. Paralizante. No letal de inmediato.”- suelta la flecha. -“Un defensor, no un asesino.”-

Una nueva trampa se activa.

Esta vez, una lluvia de lanzas hechas con huesos de animales. Caen como dientes desde el cielo sobre los soldados restantes.

Solo quedan los dos oficiales.

Saetta observa desde las sombras, sin moverse.

Blue se pasa la mano por el cabello, aún sin una gota de sudor. Sus ojos se clavan en la copa de los árboles.



El Coronel Yellow avanza solo entre los árboles, siguiendo las coordenadas que Blue le transmitió. Un mapa holográfico titila en su antebrazo. El rastro lo lleva hacia la base de un risco, donde la vegetación se vuelve más espesa y húmeda, y el aire más frío. Allí, casi oculta tras una cortina de raíces, hay una grieta entre las piedras.

-”Esto parece el trasero de un dinosaurio borracho.”- masculla Yellow, apartando las lianas con sus garras.

El interior es un pasaje angosto, húmedo. La luz de su linterna baila sobre las paredes de roca viva. A cada paso, sus botas crujen sobre huesos de animales y ramas secas.

En el centro, sobre un altar de piedra cubierto por musgo, reposa un objeto que brilla como un corazón latente.

Una esfera perfecta. Color ámbar. Suave como vidrio pulido.

-”Te ves cara y pesada. Como mi suegra.”- murmura, y luego silba. -”General, la tengo. Repito: la tengo.”-

El comunicador de Blue responde con frialdad:

-”Tráela al punto de extracción. Rápido.”-

Yellow guarda la esfera en un estuche acolchado que llevaba a la espalda, lo cierra con doble traba, y retrocede. 

La cámara queda vacía.



28 Horas antes:

El arco está vacío. Solo queda una flecha rota, que Saetta sujeta con dos dedos antes de dejarla caer. La selva, a su alrededor, respira fuego y humo: parte del bosque ha sido incendiado para abrir paso al escuadrón.

Desde las copas, Saetta observa por última vez antes de dejarse caer.

Sus pies tocan tierra con un leve crujido. Sus movimientos son felinos. La túnica rasgada, el rostro cubierto de barro. Su mirada sigue intacta.

Al otro lado del claro, Yellow emerge entre la bruma. Cubre su nariz con una mano. Tiene heridas. Una oreja sangrante.

-”¡Ya se acabaron los truquitos, arquero!”- ruge. -”¡Ahora te quiero ver sin palitos.”-

Saetta no responde. El choque es instantáneo.

Yellow lanza un puñetazo directo, que Saetta esquiva con una voltereta hacia el barro. Con el impulso, patea el tobillo del tigre, haciéndolo trastabillar. El coronel responde con una patada giratoria que impacta en el abdomen de Saetta y lo lanza contra un tronco.

El arquero escupe sangre. Se levanta y avanza de nuevo.

Es una pelea entre naturaleza y músculo. Yellow usa todo su peso, lanzando zarpazos que parten ramas y dejan huellas en los árboles. Saetta esquiva, bloquea, usa el entorno: lanza piedras, gira en el barro, usa su arco como garrote improvisado. Lo golpea en las costillas. Luego en el rostro.

Yellow ruge. Su cara se deforma. Salta encima de él. Saetta cae. Yellow lo agarra del cuello.

-”¡A ver si la selva te protege ahora!”- dice mientras levanta la mano derecha en forma de garra.

-”Coronel.”- Blue está allí, de pie entre el humo, inmaculado.

No amenaza. Pero su presencia lo detiene todo.

-”Déjalo con vida.”- dice con tranquilidad.

Yellow, jadeando, con el pecho subiendo y bajando, mira a Blue con incredulidad.

Blue se acerca a Saetta, que se ha puesto de rodillas.

-”Traigan el transporte.”- dice por una radio en su cinturón. -”El activo está vivo.”-



La celda no tiene ventanas. Saetta cuelga encadenado, el torso inclinado hacia adelante. Su cuerpo es un mapa de golpes, cortes y hematomas. El cabello blanco se le pega al rostro. Respira por la boca, lenta, dolorosamente. Sus labios están partidos. Su mirada sigue en alto.

Los pasos de Blue resuenan en el pasillo metálico. Van seguidos de un leve taconeo elegante, como si estuviera desfilando entre ruinas.

-”Qué decepción.”- habla con cansancio, como si ya no tuviera más interés. -”Tanta floritura... para terminar colgado como un perro callejero.”-

Saetta, aunque apenas puede sostenerse, levanta la cabeza. Escupe a un lado.

Lo mira fijo, con la voz rota pero firme:

-”No todas las batallas se luchan por la victoria…”-

Blue parpadea.

-”...algunos luchan simplemente para decirle al mundo que alguien estuvo allí. En el campo de batalla.”- sentencia el joven arquero.

Blue no sonríe esta vez. Solo lo observa. Hay algo en esa frase que no puede desactivar con sarcasmo.

-”Profundo.”- murmura finalmente. -”Y absolutamente inútil.”-

Se gira y se encamina hacia la puerta.

Saetta queda solo. Suspendido. Herido. Silencioso.

Pero su sombra aún se proyecta, firme, sobre la pared húmeda. 

1 comentario:

  1. ¡Nueva entrada!

    Hoy nos toca ver a dos viejos conocidos, y como obtuvieron una de las esferas que ya tenian en el manga. Misterio resuelto.

    El titulo del capitulo hace referencia a la pelicula "¡Good morning, Vietnam!", pero cambiando el "morning" por "mourning" que significa luto.

    La ambientacion de la selva, y de las trampas, buscan referenciar lo que fue el conflicto belico propiamente.

    ¡Ah! y por cierto. Quiza recuerden a una soldado conejo de unos capitulos anteriores. Hoy la vemos morir como carne de cañon, tal como ella temia, siendo los soldados antropomorficos carne de cañon, y soldados "de segunda".

    Gracias por leer!

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