Bitácora Roja. Parte XVI - La decepción de una madre:
“Significa que dejarán de ser una decepción.”
El cielo estaba teñido de un gris opaco cuando la familia abordó el coche. La atmósfera dentro del vehículo era tensa; el motor rugía suavemente mientras los hermanos Idasa e Ikose miraban por la ventana, cada uno perdido en sus pensamientos. Ikose, con su mullet castaño despeinado, apretaba los dientes y tamborileaba los dedos contra la ventanilla empañada. Idasa, el mayor, cruzaba los brazos, su mullet rubio cayendo sobre sus hombros rígidos. A pesar de sus diferencias, ambos compartían el peso de la misma carga: el descontento de sus padres.
En el asiento delantero, Vodka ajustaba su sombrero verde con un ademán mecánico. Su traje perfectamente planchado contrastaba con el sudor que perlaba su frente. A su lado, Isada, con su vestido rosa y su collar de perlas, movía los labios pintados con un tono coral intenso, criticando a sus hijos con la frialdad de quien oculta una insatisfacción profunda.
-“Si tan solo hubieran ganado ese torneo... pero no, tuvieron que perder contra ese gordo alumno del campeón.”- dijo Isada, acomodándose las gafas de sol caras que reflejaban su desprecio. “Y hace años que me hacen sufrir, ¿cómo es posible que esos niños sean mejores? ¡Qué humillación!”-
-“Isada, ya basta.”- murmuró Vodka, sin apartar los ojos del camino. -“Conozco a alguien que podría ayudarlos. Pero no estoy seguro de que sea lo correcto.”-
-“¿Lo correcto? Lo correcto sería que estos dos dejaran de ser una decepción.”- respondió Isada con un tono cortante. -“Llévanos al muelle. No hay lugar para dudas.”-
La familia, a bordo de una embarcación lujosa viaja a través de aguas tranquilas hacia una isla privada. Al llegar, el aroma salado del océano es reemplazado por un aire denso y cargado, como si la isla estuviera envuelta en secretos. En el muelle, un hombre bajo y robusto, vestido con un traje negro impecable, los esperaba. Su cabello recogido en una coleta trenzada adornada con un moño contrastaba con su expresión engreída y calculadora.
-“¡Vodka, viejo amigo! Bienvenidos a mi humilde morada.”- dijo el Barón Jagger, abriendo los brazos como si abrazara toda la isla.
-“Barón Jagger.”- respondió Vodka, estrechándole la mano con una sonrisa tensa. -“Gracias por recibirnos.”-
Jagger echó un vistazo a la familia, deteniéndose en Isada por un momento más largo del necesario.
-“Ah, Isada, tan radiante como siempre. Y estos deben ser tus hijos... los futuros campeones, ¿cierto?”- sonríe con malicia.
Isada soltó una risa forzada.
-“Eso espero, Barón. Pero para eso estamos aquí.”- dice con recelo.
Dentro de la mansión del Barón, decorada con mármoles brillantes y retratos de sí mismo en poses pomposas, Vodka y Jagger se sentaron en un salón privado. Una mesa de caoba los separaba, y una lámpara de araña iluminaba sus rostros contrastantes: uno nervioso, el otro completamente confiado.
-“El ejército está fragmentado.”- comenzó Jagger, sirviéndose un brandy. -“Pero aún tenemos recursos. Yo, como su principal benefactor, muevo los hilos tanto en la farmacéutica Magenta como en los negocios más... discretos. Si quieres que tus hijos sean más fuertes, Vodka, puedo hacer que eso suceda. Pero tendrá un precio.”-
-“¿Qué tipo de precio?”- preguntó Vodka, inclinándose hacia adelante.
-“Todo. Tu dinero, tus operaciones ilegales, y algo aún más valioso: la lealtad eterna de tu familia.”- Jagger sonrió con superioridad, tomando un sorbo de su copa.
Vodka apretó los puños, pero antes de que pudiera responder, Isada intervino.
-“Aceptamos.”- respondiendo sin un ápice de duda.
-“¿Isada, estás loca?”- Vodka se volvió hacia ella, incrédulo.
-“Tus dudas nos han traído hasta aquí, Vodka.”- espetó Isada. -“Si esto asegura que nuestros hijos sean invencibles, no me importa el precio.”-
Mientras tanto, Idasa e Ikose pasearon por las instalaciones, aún sin entender del todo lo que sucedía. La isla era un lugar extraño, casi irreal. Pasaron por una jaula donde un tigre albino descansaba, sus ojos fijos en ellos con un brillo inquietante. Más adelante, llegaron a una arena de combate donde soldados entrenaban en peleas cuerpo a cuerpo, mientras otros disparaban con precisión a blancos móviles.
-“Esto es... impresionante.”- murmura Ikose, aunque su tono tenía un deje de inquietud.
-“Impresionante y perturbador.” responde su hermano mayor. “No sé qué planean mamá y papá, pero no me gusta.”-
Al final del recorrido, un laboratorio que parece salido de una película de ciencia ficción. Pantallas parpadean con datos incomprensibles, y recipientes de vidrio con fluidos burbujeantes. El aire huele a químicos y metal caliente. Un escalofrío recorrió a los hermanos cuando sus padres aparecieron detrás de ellos.
-“Les tenemos una sorpresa.”- exclama Isada con una sonrisa que no llegó a sus ojos. -“Van a someterse a un procedimiento que los hará invencibles.”-
-“¿Invencibles?” repitió Ikose, frunciendo el ceño. -“¿Qué significa eso?”-
-“Significa que dejarán de ser una decepción.”- dice Isada, con su tono afilado. -“Hemos hecho un gran sacrificio para traerlos aquí. No me digan que van a desperdiciar esta oportunidad.”-
Vodka evita la mirada de sus hijos, sin atreverse a mirarlos.
-“Tal vez... no deberíamos forzarlos.”- murmura el padre.
-“¡No seas débil, Vodka!”- grita Isada. -“¡Nuestros hijos serán los mejores, cueste lo que cueste!”-
Horas más tarde, vestidos con batas blancas, Ikose e Idasa se recuestan en camillas de acero frío. La sala de operaciones se encuentra iluminada por luces blancas cegadoras. Frente a ellos, una mujer de cabello negro largo, impecablemente maquillada, sonríe con profesionalismo.
-“Soy la doctora Nain.”- se presenta con voz suave pero firme. -“El procedimiento no debería causarles dolor físico, pero... les pido que confíen en mí.”-
Los hermanos intercambiaron miradas nerviosas. Nain ajusta una jeringa con líquido translúcido mientras Jagger explica a Isada y Vodka lo que estaban a punto de hacer.
-“Estamos replicando los experimentos de la antigua Red Ribbon. Sus hijos serán los primeros humanos que sometamos a esta transformación. La doctora Nain ha creado seres a partir de restos biológicos, pero este es su primer intento con humanos. Si esto funciona, serán indestructibles.”- comenta Jagger, sin ningún tipo de reparo.
Vodka tragó saliva, inseguro. Isada, en cambio, solo se sentía emocionada.
La doctora Nain inyectó el líquido en cada uno de los hermanos. Ikose cerró los ojos, mientras Idasa apretaba los dientes, intentando contener el miedo. El aire en la sala parecía más denso.
En el fondo, Isada sonríe con satisfacción, mientras Vodka comienza a comprender que ha cruzado un punto sin retorno.
Ikose se encuentra flotando en la oscuridad absoluta. No siente su cuerpo, solo un peso aplastante en su mente. De pronto, las voces lo rodean, como ecos resonando en un abismo.
-”Eres un fracaso, Ikose.”- la voz de su madre, Isada, es cortante y cruel, cada palabra una daga. -”No sirves para nada.”-
Unas carcajadas juveniles interrumpen, y Goten aparece frente a él, un espectro formado de recuerdos. El joven guerrero se burla con su tono alegre:
-”¿Esto es lo mejor que tienes?”- dice mientras bloquea el puño de Ikose con un solo dedo. -”No vales ni mi tiempo.”-
Detrás de ellos, el público del torneo grita su derrota. La voz del anunciador retumba: "¡Ikose está fuera! ¡Un golpe y no puede continuar!"
En su mente, todo ese rencor toma forma. Goten, la personificación de su fracaso, se vuelve su enemigo tangible. Con un grito de furia, Ikose se lanza contra él. Sus golpes chocan en una coreografía brutal: patadas rápidas, ganchos precisos, esquivas milimétricas. Pero Goten siempre se burla, siempre parece un paso adelante. La pelea no es física, sino una lucha contra su propio odio.
En otro rincón de la oscuridad, Idasa vive su propio tormento. Las palabras crueles de su madre son reemplazadas por las risas de Trunks. El joven guerrero de cabello lila se burla mientras derrota a Idasa con movimientos elegantes y devastadores.
-”¿Pensabas que tenías una oportunidad?”- se mofa Trunks. -”No eres nada comparado conmigo.”-
Idasa grita, sus ataques desesperados golpean el vacío. El combate es tan feroz como inútil, cada golpe es una manifestación de su dolor.
Mientras tanto, en el despacho del Barón Jagger, el ambiente es tenso. Frente a él está el maestro Grulla, un anciano de mirada fría y calculadora, habla con tono autoritario:
-”Necesito esos androides, Jagger. Serán la base de mi nueva escuela, el futuro de las artes marciales para asesinos. Los niños deben verlos y aspirar a superarlos.”- comenta su idea el anciano.
Jagger, sentado en su lujosa silla, cruza las manos.
-”No estoy interesado en tus proyectos, Grulla.”- responde con fingida calma. -”Mis recursos no son para tus caprichos.”-
El maestro frunce el ceño, su tono se vuelve cortante.
-”Me lo deben. Por la muerte de mi hermano.”- espeta el artista marcial.
-”Esa no fue mi Red Ribbon.”- retruca el hombrecito.
-”No me importa de quién sea.”- responde el viejo. -”Fue la Red Ribbon y ya.”-
Jagger, con una sonrisa falsa, presiona discretamente un botón bajo su escritorio. En segundos, ocho soldados irrumpen en la oficina, armados con palos y cuchillos.
-”Si realmente necesitas algo, quizá puedas demostrar tu valía primero.”- sonríe maliciosamente.
El viejo grulla sonríe con desdén y toma posición de combate. Los soldados avanzan, pero el maestro los enfrenta con una precisión impecable.
El primero ataca con un palo, pero Grulla lo desarma con un golpe directo al codo, seguido de una patada al pecho que lo deja inconsciente. Dos más avanzan juntos, pero el viejo esquiva sus movimientos sincronizados con agilidad. Con un giro del bastón robado, rompe la rodilla de uno y propina un golpe ascendente al mentón del otro.
Un cuarto soldado intenta apuñalarlo con un cuchillo. Grulla desvía el ataque con su bastón y responde con un rápido barrido a los pies, dejando al hombre caer de espaldas. Los cuatro restantes vacilan, pero Grulla los derriba con una combinación de golpes y movimientos fluidos, hasta que todos yacen inmóviles.
Jagger, aterrorizado, retrocede en su silla.
-”Está bien... ¡Está bien!”- grita con desesperación. -”Tendrás tus robots en cuanto estén listos.”-
Grulla sonríe con frialdad y abandona la oficina sin mirar atrás.
En el laboratorio, Isada y Vodka observan el procedimiento desde detrás de un vidrio. La doctora Nain está al límite, su frente perlada de sudor. Sus manos tiemblan mientras opera sobre los cuerpos de Ikose e Idasa, que yacen inconscientes en las camillas. Isada, impaciente, golpea el cristal.
-”¡Asegúrate de que funcione!”- grita con desesperación. -”¡No puedes fallar!”-
Vodka, en cambio, guarda silencio, su rostro refleja dudas y miedo.
Dentro de sus mentes, Ikose e Idasa siguen luchando. Ikose escucha, de pronto, una voz distinta: la de su padre.
-”Vamos, hijo. No te rindas.”- Su tono es cálido, casi desconocido para él.
Otra voz se une, su hermano.
-”Tú puedes, Ikose. Demuéstrales lo que vales.”-
Las palabras se convierten en un torrente de fuerza. Ikose lanza un último golpe contra el Goten imaginario, destruyéndolo en un estallido de luz.
Horas después, Ikose despierta. Su cuerpo se siente pesado, pero diferente. Cuando abre los ojos, ve a su padre, quien lo abraza con fuerza.
-”Hijo, estás bien... estás bien.”- dice Vodka, su voz temblorosa.
Pero el llanto desgarrador de Isada llena el aire. Ikose la busca con la mirada y nota que está arrodillada junto a una camilla vacía.
-”¿Dónde está Idasa?”- pregunta, aunque ya teme la respuesta.
Vodka niega con la cabeza, sin decir palabra.
En la oficina de Jagger, la doctora Nain está derrumbada en una silla. Sus ojos están rojos de tanto llorar.
-”Fracasé…”- susurra, con las manos cubriendo su rostro. -”No debí hacerlo…”-
Jagger la observa con indiferencia, bebiéndose un trago.
-”No importa. Ahora céntrate en los androides que pidió Grulla.”- le escupe.
Nain alza la mirada, llena de ira y dolor.
-”No. Esto... esto fue demasiado. No puedo seguir.”- solloza ella.
El barón exhala con calma antes de responder.
-”No tienes opción, doctora. Si no cumples, no tendrás otra oportunidad de redimirte. O de seguir viva.”- la reprende.
Nain cierra los ojos, derrotada.
-”Está bien... empezaré mañana.”- responde sorbiendo sus mocos.
Jagger sonríe, satisfecho.
Meses han pasado desde aquel fatídico experimento. En una arena iluminada por reflectores, Ikose lucha con intensidad contra un grupo de pequeñas criaturas azules con aspecto de planta, similares a humanoides vegetales. Las criaturas se mueven con rapidez, rodeándolo en un intento por desbordarlo. Sin embargo, su velocidad y fuerza superan cualquier límite humano, sus movimientos son precisos y devastadores. Cada golpe suyo destruye a una de las criaturas en un estallido de savia azulada.
En el palco, Vodka y el barón Jagger observan desde sus asientos. A su alrededor, los soldados murmuran, asombrados por el desempeño del joven.
-”Es impresionante.”- Jagger sonríe, satisfecho, mientras cruza los brazos. -”Parece que finalmente hemos creado algo digno de nuestras ambiciones.”-
Vodka, en cambio, se mantiene en silencio. Aunque intenta ocultarlo, su expresión refleja una mezcla de orgullo y remordimiento. Sus ojos no se apartan de Ikose, quien lanza el último golpe contra la criatura final, reduciéndola a un charco de líquido brillante.
El joven mira hacia el palco, esperando aprobación. Jagger aplaude lentamente, mientras Vodka simplemente asiente, incapaz de hablar.
En lo profundo de un bosque denso, el maestro Grulla aguarda junto a un pequeño grupo de discípulos. Las hojas crujen bajo sus pies mientras observa a la doctora Nain, quien llega acompañada por dos figuras imponentes: los bautizados Xu Fan y Gotei.
El primero es una figura intimidante, de piel grisácea y musculatura descomunal. El segundo, en contraste, es más pequeño y delgado, con una piel violeta.
El maestro observa a ambos androides con detenimiento. Da un par de pasos hacia adelante y recorre sus miradas.
-”Perfectos.”- dice con una sonrisa calculadora. -”Justo lo que esperaba.”-
Esa noche, la doctora Nain regresa a su habitación en las instalaciones del laboratorio. El espacio es frío, clínico, con apenas una cama y un escritorio desordenado. Se sienta en el borde de la cama y abre una pequeña caja metálica que contiene una sola pastilla blanca. La sostiene entre sus dedos temblorosos, contemplándola durante largos segundos. Ella se recuesta, dejando escapar un suspiro profundo, mientras cierra los ojos.
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ResponderEliminarEspero que les guste, me divertí al escribir este capitulo, aunque también me costo lo suyo, no solo a nivel narrativo, sino que también sufrí por los hermanos XD.