Bitácora Roja. Parte XV - Humo y herrumbre:
“¡Sabías que iban a venir! ¡Vos me vendiste!”
El tren se detiene con un chirrido metálico, como si desgarrara las entrañas de la ciudad. Las puertas se abren con un golpe seco y un soplo de aire frío invade el vagón. Silver baja primero. Lleva la ropa raída, el cabello sucio, la mirada hundida en un cansancio que no se quita con dormir. En su nuca todavía late la marca invisible de la condena: estuvo al borde de la muerte, y solo el derrumbe de la Red Ribbon lo arrancó del infierno.
La ciudad se abre ante él. Acerías apagadas, vidrios rotos, fábricas que escupen humo aunque ya no fabrican nada. Calles anchas, salpicadas de charcos negros. El aire sabe a óxido y a carbón mal apagado. Los edificios de ladrillo húmedo parecen hundirse en el suelo como si lo industrial se tragara la vida entera.
Silver camina, arrastrando las botas. Busca una dirección en un papel arrugado. Los números de la calle se pierden bajo carteles oxidados. Cruza un puente donde el agua del río hierve de químicos. Del otro lado lo espera una hilera de casas bajas, idénticas, con techos torcidos y ropa colgando en sogas que nunca se secan del todo.
Una puerta se abre. En el umbral aparece un hombre grande, con las manos tiznadas de grasa. Es su padre.
-”Hijo.”- dice el hombre mayor.
-”Padre.”- responde Silver.
El silencio se clava entre los dos. El padre se pasa la mano por la barba gris, dudando si abrazarlo o dejarlo pasar. Silver lo mira, sin moverse, hasta que finalmente el hombre se hace a un lado.
-”Entra.”- le dice sin siquiera darle la mano. -”Afuera te vas a pudrir de frío.”-
La casa es oscura, iluminada por una lámpara de queroseno. Huele a sopa aguada y a hierro. En la mesa hay un tazón humeante y un pedazo de pan duro. Silver se sienta sin pedir permiso. El padre lo observa mientras rompe el pan con las manos.
-”Así que estabas vivo.”- dice el hombre al fin.
-”Vivo es una palabra grande.”- Silver hunde la cuchara en la sopa. -”Estaba muerto para todos.”-
-”Para tu madre también.”- le reprocha el padre.
-”No la nombres.”- le dice tajante.
El padre suspira, se acomoda en una silla.
-”¿Y qué querés ahora?”- le pregunta, mientras le alcanza un trozo del pan duro.
-”Nada. No lo sé.”- le dice, agarrando el pan. -”Solo… ver con mis propios ojos que todavía queda algo que se parezca a un hogar.”-
Un silencio tenso. Afuera, el silbido de una fábrica que cambia de turno.
-”Yo también me fui de todo, ¿sabes?”- dice su padre. -”La fábrica me consume, pero es lo único que queda. Levantarse antes del amanecer, entrar cuando suena la sirena.”-
-”Te escucho como si hablaras de la cárcel.”- le corta Silver.
-”¿Y tu que sabes? ¿Te crees libre porque te escapaste?”- le reprocha su padre. -”La condena la llevas encima.”-
Silver sonríe con amargura.
-”Tienes razón. Yo fallé.”- dice el ex soldado. -”Pero no me digas que tu vives, viejo. Tú también estás muerto en esta herrumbre.”-
Los ojos del padre se enturbian. Golpea la mesa con el puño.
-”¡Por lo menos no me escondo en la culpa!”- le grita. -”¡Por lo menos trabajo, respiro, sostengo esta casa!”-
-”¿Y a quién sostienes?”- le increpa Silver sin reparo. -”¿A un fantasma de familia?”-
El padre lo fulmina con la mirada. Entonces lo dice:
-”Tu madre no murió de enfermedad.”- sentencia. -”Se fue.”-
-”¿Qué?”- pregunta con la voz ahogada Silver.
-”Se fue. Hace años.”- le espeta en la cara.
El aire se espesa como humo. Silver aprieta los dientes, la cuchara tiembla en su mano. La discusión arde en el aire, como si los dos quisieran golpearse.
En ese instante, un estrépito metálico corta todo. Afuera, el motor de un jeep. Voces militares. El repiqueteo de botas contra el pavimento. Silver se asoma por la ventana y siente el corazón explotar, unos pocos soldados avanzan en fila, las insignias de la Red Ribbon aún manchadas de polvo, como si la caída del ejército no hubiera sido completa.
Silver retrocede, los ojos desorbitados.
-”Fuiste tú…”- susurra. -”¡Me entregaste! ¡Siempre quisiste borrarme de tu vida!”-
El padre se acerca, negando con furia.
-”¡No digas estupideces!”- le corta. -”¡Jamás!”-
-”¡Mentira!”- le grita su hijo. -”¡Sabías que iban a venir! ¡Vos me vendiste!”-
La puerta se sacude a punto de estallar. Silver no lo piensa. Con un movimiento brusco, tira la mesa al suelo y el tazón de sopa se quiebra contra las baldosas. El vapor se mezcla con el humo del queroseno.
El primer soldado patea la entrada y recibe un golpe seco. Silver le lanza la silla de frente, lo tumba contra la pared. Otro entra disparando, la ráfaga muerde la madera y rompe los vidrios. Silver rueda por el suelo, recoge el cuchillo oxidado de la cocina y lo clava en el muslo del intruso, que aúlla antes de ser arrojado contra la puerta.
-”¡Atrás!”- ruge Silver, con la voz que tenía en los cuarteles.
Los soldados dudan apenas un segundo. El padre lo mira, entre horrorizado y fascinado, como si por primera vez viera al hijo en su verdadero elemento.
Silver se lanza contra el tercero, lo desarma con un codazo en la mandíbula y lo tumba de un rodillazo en el estómago. El arma cae, y Silver la recoge y dispara sin mirar, rompiendo las sombras que intentan entrar desde afuera. El eco de los tiros llena la calle vacía.
-”¡Vete!”- le grita su padre, con la cara desencajada. -”¡Corre, hijo!”-
Él no responde. Empuja la puerta trasera, atraviesa el patio y corre hacia las vías. El silbato del tren corta la noche.
Silver no piensa. Sus piernas se mueven solas. Salta la verja, rueda entre charcos y alcanza la plataforma justo cuando el tren empieza a moverse. Sus manos se aferran al metal húmedo, y con un último impulso se cuelga del vagón de carga. El hierro le desgarra la piel de las palmas, pero no suelta.
De repente, una chispa se enciende. Recuerda un nombre: Tsuru. El viejo maestro. Lo conoció fugazmente en el pasado, un rumor entre soldados que hablaban de artes marciales más allá de las armas, de disciplinas que podían quebrar un cuerpo sin disparar una sola bala. Siempre pensó que eran cuentos, hasta que vio al mercenario Tao Pai Pai.
El tren se sacude en la noche. Silver aprieta los puños, la sangre seca todavía pegada en ellos. Por primera vez desde su fracaso, su mirada no es de derrota, sino de una voluntad naciente.
¡Nueva entrada en la Bitácora!
ResponderEliminarHoy un capitulo sencillito, sobre Silver, donde vemos un poco de su familia.
Originalmente me plantee escribir mas sobre su vida, casi centrando el proyecto en el, pero cambie de idea. Pero eso si, ya le vimos varias veces, y aun nos quedan encuentros con el Coronel.