viernes, 19 de septiembre de 2025

Bitácora Roja. Parte XIV - Caso cerrado:

 

Bitácora Roja. Parte XIV - Caso cerrado:


“Estás fuera del caso.”

La sirena suena antes de que llegue al lugar, pero ya sé que llego tarde.

Cuando bajo del patrullero, Taro está sentado en el cordón de la vereda, con la camisa manchada y los lentes de sol medio torcidos, como si el desastre fuera un accidente menor. Tiene esa expresión de "no fue mi culpa" tatuada en la cara.

-”¿Qué pasó?”- pregunto, firme. La voz me sale seca. Ya lo sé, pero quiero escucharlo de él.

-”Cinco tipos. Máscaras negras. Entraron sin decir palabra. Iban armados.”- me dice con tono firme.

-”¿Qué robaron?”- pregunto.

-”Todo. Billetes grandes, sin marcar. Se movían como un grupo entrenado, pero no hablaban entre ellos.”- me cuenta el oficial.

Me agacho a su altura. Tiene una herida superficial en la frente. Nada grave.

-”¿Y los otros?”- pregunto ya sabiendo la respuesta. -”¿Los rehenes?”-

-”Dos más. Los ejecutaron antes de irse.”- cuenta con un leve temblor en la voz. -”Quedó un chico. Un nene. Lo encontró un agente del escuadrón médico. Estaba escondido en el mostrador. Es hijo de dos de los muertos. Tori y Jiro.”-

Miro el frente del banco. Las puertas destrozadas, las vidrieras hechas trizas, el sonido lejano de una ambulancia alejándose. Me acerco a uno de los agentes que está relevando la escena.

-”¿Ya tenemos registro facial?”- pregunto mientras saco mi libreta de anotaciones.

-”Imposible.”- me responde. -”Las máscaras eran especiales. Ocluyen todo. Solo tenemos capturas parciales y un par de huellas mal tomadas. Nada útil.”-

-”¿Y las armas?”- consulto mientras anoto todo lo que me sirva.

-”Demasiado antiguas para tener registro reciente.”- dice chasqueando la lengua. -”Lo más parecido que tenemos es el catálogo Red Ribbon, modelos que deberían estar desactivados hace décadas.”-

Siento una punzada en el estómago. Odio los cabos sueltos. Pero más que eso, odio ver a Taro con esa cara. Él siempre está diciendo estupideces, sonriendo como si no entendiera el peligro. Ahora está callado. Eso me asusta.

-”¿Querés que te revise la herida?”- le digo mientras me acerco a su lado.

-”No, pero si me das un beso capaz me recupero más rápido.”- dice, levantando una ceja.

Lo miro fijo.

-”Vamos a encontrarlos.”- le digo a Taro, que ya está intentando ponerse de pie con más drama del necesario.

-”¿Decís a los criminales? ¿O al amor de tu vida?”- con una sonrisa fanfarrona en la cara.

-”Los criminales, Taro. Siempre los criminales.”- suspiro cansada.

Se queda en silencio. Sabe que no estoy enojada. Simplemente no me alcanza para ser blanda. No hoy.

Camino entre las marcas de sangre y vidrios rotos. Me detengo frente a la cinta amarilla. Del otro lado, el banco parece detenido en el tiempo. Como si el mundo hubiera parpadeado y, en ese instante, alguien reescribió las reglas.

-”Cinco ladrones con tecnología vieja. Dos muertos. Un niño huérfano.”- digo en voz baja, más para mí que para nadie.


Cuando alguien llama al teléfono interno y no es Taro con alguna tontería, ya sé que es en serio.

-”Nuts.”- dice una voz grave al otro lado. -”Ven al puerto. Tenemos a uno de los del banco. Está muerto. Y... es raro.”-

-”¿Raro cómo?”- le pregunto.

-”Tenés que verlo.”- me dice.

Cuelgo sin decir más. Con Katayude, no hace falta explicar demasiado.

El Inspector Katayude fue policía antes de que yo naciera. Es alto, flaco como un perchero y siempre parece recién salido de una reunión con el ministro, aunque viva tomando café de máquina y usando zapatos gastados. Habla poco, pero con cada palabra hace que uno preste atención. No le gusta perder tiempo ni andar con vueltas. Para bien o para mal, yo aprendí mucho de él.

Y ahora me espera en el muelle, con las manos en los bolsillos y cara de que ya vio suficiente por hoy.

-”Llegas tarde.”- dice.

-”Llegué cuando tenía que llegar.”- respondo.

Él apenas asiente y me hace un gesto con la cabeza. Lo sigo hasta el contenedor.


La puerta se abre con un chirrido seco. Adentro, el cuerpo. Hombre joven, robusto. Está colgado de unos ganchos industriales que cuelgan del techo. El torso abierto en dos, como si lo hubieran rajado de un solo golpe. Las costillas sobresalen, torcidas como ramas secas. No hay rastro de pelea. Ni disparos. Ni forcejeo.

-”Esto no fue una sierra.”- dice el forense, blanco como papel. -”No hay marcas dentadas. No hay residuos. Es un solo corte. Limpio. Curvo. Demasiada fuerza para algo manual.”-

-”¿Y si fue mecánico?”- pregunta el inspector.

-”Tampoco. No hay señales de presión desigual.”- replica el forense. -”Esto fue… uniforme. Como un sable caliente pasando por manteca.”-

Miro el techo del contenedor. El metal está doblado hacia adentro, como si algo hubiera saltado desde arriba.

Katayude mira en silencio. No dice nada. Pero sé que está pensando lo mismo que yo: esto no lo hizo una persona


Segundo y tercer cuerpo. Habitación 107, Motel Nube Roja.

El primero está incrustado en la pared. Literalmente. Parte del cuerpo sobresale del concreto como una estatua fallida. Hay polvo de yeso, escombros, sangre en forma de abanico. El impacto fue tan fuerte que partió los ladrillos.

-”¿Qué lo empujó así?”- pregunto.

-”No lo sabemos.”- replica otro forense, un novato en el rubro. -”No hay huellas. No hay arrastre. Simplemente... fue lanzado contra la pared con una fuerza brutal.”-

El otro cadáver está en el baño. Hundido en la bañera de cerámica, que está rajada como un huevo. El cuello en un ángulo imposible, la mandíbula colgando.

Katayude cruza los brazos. Mira hacia la tele prendida que nadie apagó.

-”Esto fue rápido. Preciso.”- replica mi superior. -”No buscó información. Solo vino a terminar el trabajo.

No puedo evitar pensarlo: están siendo cazados.


Los últimos dos están en un galpón que debería haber sido demolido hace años. El lugar huele a óxido y encierro. La puerta trasera está arrancada de cuajo, y los goznes están doblados como caramelos.

El primero está clavado al piso con un fierro atravesándole el pecho. No por una herramienta. Por una barra de soporte de las estanterías. Fue arrancada y empalada desde arriba.

El segundo está colgando de un conducto de ventilación. No por una cuerda. Por su propia campera, retorcida como un lazo. La columna está partida. Sus ojos están abiertos, congelados en el techo.


Volvemos en silencio. Katayude maneja la patrulla. Yo repaso las imágenes en mi cabeza. No hay lógica humana en lo que vimos. 

Cuando estamos por llegar, él habla sin mirarme.

-”¿Qué pensás?”- me dice.

-”Que no fue una persona. Ni un escuadrón. Fue una sola entidad.”- le digo mirando la calle.

Katayude asiente. No dice más.


A veces, para encontrar la verdad, hay que seguir al que lleva las mentiras más grandes. Y en este caso, todo lo caro, lo turbio y lo silencioso... lleva el mismo nombre: Tamagoro, antiguo Coronel Gold de la Red Ribbon.

Arranco con lo que tengo: cinco ladrones muertos, sin testigos, sin lógica. Todos estaban en el atraco del banco. Todos desaparecieron sin explicación y reaparecieron en condiciones que ningún forense quiere volver a ver.

Las muertes son raras. Pero el atraco... eso sí puedo entenderlo.

Primer contacto: base de datos financiera.

Después de dos cafés fríos y una sonrisa forzada, la empleada me da acceso a los últimos movimientos bancarios de los ladrones. Uno de ellos recibió una suma absurda tres semanas antes del robo. Transferencia hecha desde una empresa llamada Nueva Cima S.A.

El nombre no me dice nada.

Pero el número de registro fiscal sí. Lo cruzo con una vieja tabla que armé para casos de lavado de dinero… y ahí está.

Nueva Cima está a nombre de otra empresa, que figura como socia de otra, que tiene sede en una oficina vacía. Todas rastreables a un holding fantasma, con un mismo responsable.

Tamagoro.


Cruzo los datos. Nombres, fechas, movimientos de plata, fotos. Voy anotando, tachando, conectando.

El patrón es simple: Gold no robó el banco. Lo mandó a hacer.

Los cinco atracadores eran carne descartable. Reclutados, bien pagados, enviados a morir.

Pero hay algo que no me cierra.

¿Por qué matar a los rehenes? ¿Por qué tanta brutalidad si solo querían dinero?

Y más importante: ¿por qué están apareciendo muertos los mismos ladrones que ejecutaron el trabajo?

Ahí es cuando mi cabeza se va a lo obvio.

Tamagoro los está haciendo desaparecer.

Los usó, y ahora quiere borrar los rastros.


Taro aparece en la puerta de mi oficina con un alfajor en la mano.

-”¿Querés un mordisco?”- me ofrece. -”Está vencido, pero el azúcar mata las bacterias.”-

-”Estoy ocupada, Taro.”- le digo sin siquiera mirarlo.

-”¿Descubriste quién mató a todos?”- me pregunta con la boca llena.

-”No.”- le corto en seco.

-”¿Descubriste a quién vas a mirar con esos ojos de sospecha intensa?”- me dice con una sonrisa boba en la cara.

-”Sí. A Tamagoro.”- le digo mirándolo a los ojos.

-”Uh. Mucho peor.”- responde tragando un trozo de alfajor. -”¿Querés que le pinte la casa de incógnito?”-

-”Solo quiero silencio.”- le pido, volviendo a mi informe.

-”Entonces me voy.”- comenta mientras se prepara para salir de mi oficina. -”Pero si necesitás respaldo emocional... sabés que tengo tiempo libre y una moto.”-

Se va mascando el alfajor. Es increíble que siga vivo.


Salgo a tomar aire al balcón, y me encuentro con Katayude.

Camina lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Carga una carpeta sin abrirla.

-”¿Estás rascando donde no hay más que óxido?”- pregunta mientras prende un cigarrillo.

-”Encontré conexiones.”- le digo. -”Los ladrones trabajaban para un viejo coronel de la Red Ribbon. Plata, vínculos, logística. Todo cierra.”-

-”¿Y por qué están muertos?”- dice mirando a la avenida principal.

-”Eso aún no lo tengo.”- le digo mordiéndome el labio. -”Pero tiene sentido que Tamagoro los esté borrando.”-

Katayude no dice nada. Se queda parado, mirándome.


Pego la foto del ex militar al centro.

Y empiezo a escribir alrededor: transferencias, reclutamiento, atracos, muertos.

Y en la esquina, sola, la foto de la pareja asesinada: Tori y Jiro.

No hay conexión directa. No tengo cómo unirlos. Pero sé que el motivo real del caos nació en ese banco.


El penthouse de Tamagoro está en la cima del Goldium Lux, el edificio más alto del sector financiero. Seguridad privada, ascensor de acceso restringido, sensores oculares. Pero también una torre de mantenimiento sin cámaras y un viejo plano del sistema de ventilación archivado hace cinco años.

No tengo permiso para esto. Ni orden, ni respaldo. Lo hago porque quiero respuestas. Porque las víctimas siguen acumulándose. Y alguien tiene que estar ahí cuando se caiga la máscara.

Subo por el ducto. Silencio total. Los ruidos del tráfico quedan abajo. El metal vibra con cada paso. Cuando salgo al piso 87, ya escucho música suave, copas entrechocando. Una fiesta privada.

Me muevo entre los pasillos. Estoy vestida con ropa neutral. No pienso intervenir. Solo observar. Y entonces todo se rompe.

La explosión no es un estallido. Es una onda. Como si el aire se partiera en dos.

Una pared lateral se abre de adentro hacia afuera. Como si alguien la hubiera empujado con una mano gigante.

Y ahí entra ella.

Cabello castaño rojizo. Bata de laboratorio rasgada. Ojos azules que no parpadean. Y una cara que no está en ninguna base de datos.

Camina como si supiera exactamente dónde está Tamagoro. Y nadie puede detenerla.

Los guardaespaldas le disparan. Las balas rebotan. Uno intenta golpearla con una silla. Ella lo agarra del brazo y lo lanza contra una columna. El concreto se agrieta.

Otro le dispara a quemarropa. Ella lo atraviesa con un salto.

Gold intenta correr. Pero ella ya está frente a él.

Me asomo desde la cocina. No puedo moverme. Solo mirar.

Gold cae al suelo, respirando con dificultad.

-”No… no…”- titubea el magnate. -”¡Yo no sabía que era tu hija! ¡Yo no lo sabía! ¡Fue un trabajo limpio!”-

Ella lo mira con asco.

-”Los mataste por dinero.”- dice gritando. -”La única familia que tenía. A mi niña… a Tori.”-

Tamagoro tiembla.

-”¡Escuchame!”- suplica. -”¡Si me matás, ellos van a venir! ! ¡Ese niño… esa pareja… fueron un daño colateral!”-

Ella lo mira en silencio y lo levanta con una mano.

Lo lanza por la ventana desde 87 pisos. No escucho el impacto, pero lo imagino.

Ella se queda un segundo en el centro del salón. Mira las luces de la ciudad a lo lejos.

Y me ve. No se inmuta. Solo me observa. Y luego desaparece por el mismo hueco por el que entró, como si el aire la llevara.


Día siguiente. Oficina de Katayude:

No digo nada.

Le dejo el informe en su escritorio. Él lo lee en silencio.

No me grita. No me castiga.

-”Caso cerrado. Muerte accidental.”- dice firmando el informe. -”El cuerpo cayó por una ventana. Nadie vio nada.”-

-”Yo sí.”- le enfrento.

-”Nadie vio nada, Nuts.”- repite.

Silencio.

-”Estás fuera del caso.”- sentencia.

-”¿Por qué?”- le respondo con furia contenida.

-”Porque estás demasiado cerca.”- dice casi con afecto paternal.

Me da una carpeta.

-”Desde ahora, estás en el sótano.”- miro a la carpeta, un viejo caso. -”Archivos generales.”-


El sótano huele a papel viejo, a tinta seca y a secretos enterrados.

El archivo es un laberinto de estanterías y etiquetas mal puestas. Katayude no me gritó. No me humilló. Solo firmó el papel de reubicación, como si ya lo hubiera tenido listo desde antes.

Y ahora estoy acá. Debajo de todo.

Pero la vista desde abajo también sirve para ver los cimientos.

Los primeros días me limito a clasificar. Expedientes, notas sin firmar, inventarios de evidencia olvidada. Nadie baja. Nadie me molesta.

Hasta que encuentro una carpeta sin código. Forrada en negro, sin título, sin fecha. Adentro hay facturas falsas, contratos modificados, y un viejo inventario de tecnología embargada. Componentes electrónicos, partes biomecánicas, chips neurológicos… todo con una misma procedencia: Red Ribbon.

Y entre los nombres de compradores: Tamagoro, Barón Jagger, Magenta Labs, y un sello sin firma que coincide con el número de identificación de Katayude.

Algo huele mal. Más mal de lo que pensaba.


Taro baja una tarde con dos cafés y una sonrisa de quien no sabe nada, pero quiere ser parte.

-”¿Te escondieron o te ascendieron al infierno?”- dice mientras me aproxima un café.

-”Depende de si me dejás en paz.”- le digo aceptando la bebida.

-”No puedo. Me preocupas.”- dice con una sonrisa tierna. -”Y eso no me pasa con muchas personas. O con nadie, en realidad.”-

Taro guarda silencio. Luego se sienta en una pila de carpetas.

-”Te invito a cenar. Hoy.”- me dice con una firmeza que nunca había visto en él. -”Si vas a seguir cayendo por el agujero, quiero que al menos te alimentes bien.”-

Lo miro. Y por primera vez en semanas… me río.

-”Acepto.”- le digo con una pequeña sonrisa.

-”¡Sí! ¡Primera victoria del año!”- festeja como un niño.


En un convento pequeño, a las afueras de la ciudad. Una monja de manos grandes y voz firme recibe un sobre sin remitente.

Adentro hay una carta escrita con letra pareja y meticulosa. Y una foto.

En la foto están Tori y Jiro, sonrientes, abrazando a un niño.

La carta es breve. Dice:

Él no tiene la culpa. Cuídenlo.
Hedo es todo lo que me queda.

La monja observa al niño, que juega solo en el patio. No ha dicho una palabra desde el asalto.

Suspira. Luego, marca un número.

-”Sí. Tengo algo, Inspector Katayude.”- dice la monja al teléfono. -”Lo voy a destruir. Pero usted tiene que saberlo.”-

Cuelga.

Quema la carta en un cuenco de metal. La ceniza vuela por la ventana.

Y el niño, por primera vez, levanta la vista.

1 comentario:

  1. ¡Nuevo capitulo! Espero que les guste.

    Ya hace unos capítulos conocimos a Gold cuando el ejercito caía. Hoy vemos que fue de el.

    Este capitulo en si me fue difícil de escribir, pero me gusta mucho como quedo la narración en primera persona.

    Por cierto ¿Quién es Tori? ¿Y la mujer que mata a Tamagoro?

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