Bitácora Roja. Parte XIII - Realidades en choque:
”No olvides tu lugar, ni el suyo.”
El sol se oculta tras las colinas, tiñendo el cielo de un anaranjado ardiente. La hacienda Vermilion comienza a sumergirse en las sombras, pero la rutina no se detiene. Los esclavos trabajan bajo la vigilancia de los capataces mientras Red, enfadado por otro comentario sarcástico de su padre, decide abandonar la mansión.
En su mente, todavía resuena la voz de Vermilion.
-“Tú nunca serás como yo.”- dice con voz autoritaria. -”Ni tienes mi fuerza ni mi visión, y mucho menos mi altura. Eres apenas un niño jugando a ser importante.”-
Red aprieta los dientes mientras cruza el patio. Su mirada se fija en el establo, donde sabe que Kuro probablemente está terminando sus tareas. Es su única compañía tolerable, aunque no lo admita abiertamente.
Dentro del establo, Kuro ordena las herramientas mientras una lámpara de aceite parpadea débilmente. Los sonidos de los caballos llenan el aire, junto con el crujir del heno bajo sus pies desnudos. El día ha sido largo, y su cuerpo está cansado, pero la rutina le da un extraño sentido de propósito.
La puerta se abre de golpe, y Kuro se gira rápidamente, reconociendo la figura de Red.
-“Señor Red ¿todo está bien?”- pregunta el esclavo, dejando lo que está haciendo.
Red entra con pasos rápidos, ignorando la pregunta. Se sienta en una pila de heno y lanza un suspiro frustrado.
-“¿Por qué todos piensan que soy débil?”- murmura, más para sí mismo que para su contertulio.
Kuro lo observa, intentando encontrar las palabras adecuadas.
-“No creo que sea débil, señor. Usted…”-
-“¡No me des excusas!”- interrumpe Red, aunque su tono no es tan severo como de costumbre. -“Estoy cansado de que me subestimen. Tú, al menos, deberías entender eso.”-
El jovencito baja la mirada, asintiendo lentamente.
-“Lo entiendo, señor.”- se disculpa. -”A veces siento que no importa cuánto me esfuerce, siempre seré solo un esclavo para los demás.”-
Red lo mira fijamente, sorprendido por la sinceridad. Por un momento, las barreras entre ellos parecen desaparecer.
-“No deberías ser solo un esclavo.”- dice Red, con voz más suave. -“Eres más útil que la mayoría de las personas libres que conozco.”-
Kuro sonríe tímidamente, agradecido por el raro halago.
Más tarde, esa misma semana, Red decide algo inusual: visitar la cabaña de Kuro. No le dice a nadie de la mansión, temiendo que su padre lo critique o que los capataces lo cuestionen.
Cuando llega, lo recibe un olor cálido de pan recién horneado y un bullicio de voces infantiles. La cabaña de los esclavos es pequeña, con paredes de madera desgastada y una mesa en el centro donde toda la familia está reunida.
-“Señor Red.”- exclama Kuro, sorprendido al verlo en la puerta.
-“No me llames señor aquí.”- responde Red con rapidez, sintiéndose extraño al ser tratado con tanto respeto en un lugar tan humilde.
La señora de la casa lo observa con cautela, pero invita a Red a sentarse. Los hermanos pequeños lo rodean con curiosidad, fascinados por su ropa fina y su cabello perfectamente peinado y de un fuerte color rojo.
-“¿Él es el que siempre te da órdenes, hermano?”- pregunta uno de los niños, provocando risas.
-“Sí, pero no es tan malo.”- responde el mayor, intentando calmar la situación.
La cena transcurre con una mezcla de incomodidad y calidez. Red, acostumbrado a banquetes opulentos, observa con fascinación cómo la familia comparte un simple guiso. Los niños bromean entre ellos, y los padres se turnan para contar historias del pasado.
-“Nunca había visto a una familia tan… unida.”- comenta Red, casi con envidia.
-“Cuando no tienes mucho, aprendes a valorar lo poco que tienes. Eso nos mantiene fuertes.”- la madre de Kuro sonríe.
Por primera vez, Red siente una punzada de vergüenza. Su vida siempre ha estado llena de lujos, pero nunca ha sentido la calidez que esta familia humilde parece irradiar.
Días después, Kuro recibe una invitación inesperada. Red le pide que lo acompañe a la mansión, algo completamente fuera de lo común. Aunque su madre se preocupa, él acepta, sabiendo que rechazar a Red no es una opción.
Cuando llegan, el contraste entre la cabaña de los esclavos y la opulencia de la mansión Vermilion es abrumador. Los pisos de mármol reflejan la luz de los candelabros, y los esclavos se mueven en silencio, temerosos de los capataces que vigilan cada movimiento.
Red lleva a Kuro al comedor principal, donde una larga mesa está cubierta con platos de porcelana y comida en abundancia.
-“Siéntate.”- ordena Red, señalando una silla cercana.
El jóven obedece, sintiéndose fuera de lugar. Mientras intentan comer, entra Vermilion, con una expresión de desprecio al ver al joven esclavo sentado a la mesa.
-“¿Qué significa esto?”- pregunta Vermilion, su voz fría como el hielo.
-“Estoy mostrando hospitalidad.”- responde Red con desafío.
Vermilion se ríe, pero no de una manera agradable.
-“¿Hospitalidad? Este no es tu amigo, es un esclavo.”- replica mirando fijamente a su hijo. -”No olvides tu lugar, ni el suyo.”-
Antes de que Red pueda responder, Vermilion se acerca al jóven esclavo y lo agarra por el brazo. Sin previo aviso, lo arrastra fuera del comedor, mientras Red lo sigue, gritando que lo suelte.
En el patio trasero, Vermilion ordena a un capataz que traiga un látigo.
-“Déjame enseñarte una lección sobre la diferencia entre nosotros y ellos, hijo.”- dice a viva voz.
-“¡No!”- grita Red, interponiéndose. Pero Vermilion lo empuja fácilmente a un lado.
El capataz comienza a golpear a Kuro, quien no emite un solo sonido, pero las lágrimas caen de sus ojos. Red observa impotente, sus puños temblando de rabia.
Esa noche, mientras Kuro yace en la cabaña de los esclavos, con su cuerpo cubierto de cicatrices frescas, Red se sienta en su habitación, mirando por la ventana con la mandíbula apretada.
Por primera vez, el odio hacia su padre no es solo una chispa, sino una llama furiosa. Su mente comienza a tramar, a planear. Sabe que algo debe cambiar, pero no por altruismo ni justicia.
Red quiere poder. Y su padre ha dejado claro que el único camino hacia él es destronarlo.
Los primeros cimientos de una alianza inusual comienzan a formarse en su mente, mientras una silenciosa promesa nace en su corazón: Vermilion caerá, y él será quien lo derrote.
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ResponderEliminarHoy continuamos la historia de los jovenes Red y Kuro, vemos la crudeza de las realidades en que viven.